Tres voces que fingen ser una iglesia
El piano enuncia una figura gospel con la impaciencia de una banda de rock, y luego llega el coro, salvo que el coro son tres hombres que ya cantaron la canción anterior hasta matarla y cantan esta como si Aretha estuviera en la cabina tomando notas. Somebody to Love suplica sin arrodillarse. El lead de Freddie Mercury es inquieto, se sale del tiempo como un predicador se sale de un texto, y las respuestas vuelven en pila, Brian May y Roger Taylor multiplicados hasta que la sala suena alquilada.
Queen graba el tema para A Day at the Races, publicado el 10 de diciembre de 1976, con el sencillo el 12 de noviembre. Lo escribe Mercury. Lo produce la banda, Mike Stone en la ingeniería, en The Manor en Oxfordshire y en Wessex en Londres. La idea gospel no es un disfraz. Mercury escuchaba los primeros discos sagrados de Franklin y quería ese coro de marea, la masa de voces detrás de un lead desesperado. Queen no contrata una congregación. La construye con overdubs, las mismas tres gargantas cambiando de partes hasta que la armonía deja de sonar a arreglo de rock y empieza a sonar a un oficio perdido en un estadio. Llega al número 2 en Gran Bretaña, atascado detrás de una canción menos extraña que ella.
En el escenario el truco tiene que volver a ser humano. May, Taylor y Mercury se paran en un micrófono e intentan ser el coro que pintaron en el estudio, el sudor en lugar de la cinta. En Milton Keynes en 1982 la canción ya parece un himno que la banda se ganó en vez de pedir prestado. Diez años después, en el concierto homenaje, George Michael toma el lead y el London Community Gospel Choir aporta por fin los cuerpos que Mercury había imaginado. El original sigue ganando, porque el esfuerzo de tres personas fingiendo una multitud es la emoción.
I wish I could sing like her. I sometimes try to do that on a song called Somebody to Love, and that was the gospel element.
(Freddie Mercury, interview, 1984)
Mercury diría después, desde la mesa de escritura más que desde la lista, que consideraba Somebody to Love una composición mejor que Bohemian Rhapsody. La frase no es modestia. La rapsodia es una suite. Esta canción es una discusión sostenida a una sola temperatura que sube: el trabajo, el amor, el miedo de que ninguno conteste. La letra encuentra la misma puerta cerrada. La música golpea más fuerte, y por eso el último minuto parece una congregación que olvidó sentarse.
Lo que queda es el raro tema de Queen que quiere soul más que espectáculo, y obtiene los dos porque la banda no podía evitar el espectáculo. Los voicings de piano son de iglesia. Las guitarras siguen siendo las de May, armonizadas, brillantes, incapaces de susurrar. Entre esos dos instintos vive la canción, una plegaria cantada por gente que también sabe llenar un estadio. No envejece hacia el kitsch. Envejece hacia la necesidad.