El bajo es un rumor, la batería un secreto cepillado, y luego el saxo de Stuart Matthewman traza una línea tan calma que podría confundirse con indiferencia.
Un fill de batería abre la puerta, claro y casi cómico, y luego llega una melodía ya vestida, apilada de colores vivos, como si una corte de dibujos animados hubiera contratado una banda de jazz.