Cascos, filtros y una noche francesa
Una habitación en París, mediados de los noventa, dos amigos de infancia y un banco de máquinas que cuestan menos que un estudio y se portan mejor si no se las halaga. Thomas Bangalter y Guy-Manuel de Homem-Christo ya habían sido una banda de rock llamada Darlin’, con Laurent Brancowitz, que irá a Phoenix. Una reseña de Melody Maker había despachado su música como daft punky thrash. Se quedan con el insulto, pierden al guitarrista y se vuelven Daft Punk. El insulto iba de guitarras. Los discos irán de repetición, filtros y una negativa francesa a explicar el chiste. Homework, publicado en 1997, está hecho en gran parte en la habitación de Bangalter. No suena a deberes. Suena a un club al que se le ha enseñado a pensar.
Da Funk es el single que cojea, a propósito, una historia de un hombre con cabeza de perro que Spike Jonze filmará como si el chiste fuera triste. Around the World es lo contrario de triste: una frase, un bajo, un vídeo de Michel Gondry que asigna a cada elemento de la pista un bailarín. Revolution 909 guiña a la policía y a la fiesta. El álbum es house con instinto narrativo, samples de funk llevados con honestidad, baterías que golpean en lugar de brillar. Todavía no son robots. Son dos jóvenes que han notado que una máscara, incluso barata, cambia cómo funciona una foto. Las primeras fotos de prensa los pillan en cuclillas en una calle de París, disfraces de carnaval, una boulangerie detrás. El anonimato empieza como un juego. Se volverá un método.
Discovery en 2001 es el método a pleno color. Grabado otra vez en casa, trata el soft rock de los setenta, la disco y el brillo de los dibujos como materia prima, no como placeres culpables. One More Time, con Romanthony, es un himno de vocoder que la radio no desgasta. Digital Love, Harder, Better, Faster, Stronger, Something About Us. Los samples son famosos y, más tarde, caros. Las canciones valen más que la controversia, porque la controversia habla de propiedad y las canciones hablan de una alegría con borde metálico. Leiji Matsumoto colabora en Interstella 5555, una película que reproduce el álbum como un largo de animación. Los cascos llegan con esta época: Guy-Manuel en oro, Thomas en plata, manos de robot, un visual que deja que la música sea la cara. Dirigen Electroma en 2006, una película casi sin palabras sobre dos robots que quieren ser humanos. El deseo es la trama. La trama rima, años después, con el final.
Human After All en 2005 está hecho rápido, a propósito, repetitivo hasta que la repetición se vuelve el tema. El directo responde a los escépticos. Alive 2007, la gira y luego el álbum, convierte el catálogo en una pirámide continua de luz. Las canciones no se tocan. Se combinan. Around the World se cierra con Harder, Better, Faster, Stronger. La multitud canta líneas de vocoder como si fueran folk. Sigue un Grammy. El dúo que no enseñaba la cara se ha vuelto una de las siluetas más reconocibles de la música popular. Tron: Legacy en 2010 les deja poner música a una película que ya se parecía a su escenario.
Random Access Memories, 2013, es el regreso hacia las manos. Reservan Electric Lady, Henson, Conway. Nile Rodgers toca la guitarra. Pharrell Williams canta Get Lucky y Lose Yourself to Dance. Giorgio Moroder habla, y luego las máquinas responden. Paul Williams canta Touch. El disco gana el Álbum del año, un premio extraño para dos hombres que pasaron una década escondidos, y lógico para un dúo que siempre fue productor antes que marca. Habían empezado en una habitación para evitar la industria vieja. Cierran la trilogía contratando a sus mejores músicos y soñando más lejos que ellos.
El 22 de febrero de 2021 aparece un vídeo, un fragmento de Electroma titulado Epilogue. Un robot explota. El otro se aleja. Daft Punk se acaba. Ni gira, ni álbum de descartes precipitado para llenar la ausencia. Los cascos se quedan en el mito. Bangalter aparecerá más tarde como él mismo, poniendo música a ballets, dando entrevistas. El desenmascaramiento no abarata la máscara. La llevaron para que el disco se oyera antes de ser mirado, y luego el disco se hizo tan grande que la máscara era la única forma de ponerse al lado.
Robots que recordaban la habitación. Ese es el chiste francés y la seriedad francesa. Homework era una habitación. Discovery era una habitación con una bola de espejos. Random Access Memories era una habitación con otra gente dentro, mayores, músicos, una historia de la música de baile tratada como conversación y no como una caja que saquear. El culto no es la oscuridad. Es la precisión, y la decisión de irse antes de que el casco se volviera un disfraz en el que ya no creían. El filtro se abre. La noche sigue siendo francesa. El kick sigue cayendo en el uno.