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Johnny Cash – El baru00edtono que cumplu00eda su palabra

Ropa negra, una voz de hierro

El hombre de negro no se vestía para el misterio. Se vestía para un voto. John R. Cash, nacido en Kingsland, Arkansas, el 26 de febrero de 1932 y criado en la colonia del New Deal de Dyess, aprendió pronto que una canción podía ser un informe: el algodón, la crecida, un hermano muerto por una sierra. En Sun Records, en Memphis, desde 1955, Sam Phillips lo pone delante de la guitarra boom-chicka de Luther Perkins y la voz llega ya más vieja que el cantante. Folsom Prison Blues, I Walk the Line en 1956, Cry! Cry! Cry!: el barítono no trepa. Se queda de pie. El Tennessee Two deja espacio, y él lo llena sin ornamento.

Los sesenta estuvieron a punto de gastarlo. Las pastillas, las fechas canceladas, una voz que a veces se presentaba y a veces no. June Carter entró en ese clima y se quedó. Los discos que reponen la leyenda no se hicieron en una sala pulida. El 13 de enero de 1968 toca en la prisión de Folsom, y el álbum que sigue deja que la sala conteste a Folsom Prison Blues como si la canción hubiera encontrado por fin la dirección del sobre. San Quentin, en 1969, le da A Boy Named Sue y, más importante, un documento en directo de autoridad: un hombre de negro contando chistes a hombres en celdas y luego devolviendo San Quentin a los muros. Los años Columbia alrededor de esas cintas, con Ring of Fire ya detrás, hicieron del barítono un hecho nacional.

I Walk the Line fue un voto antes de ser un hit. Lo escribe en 1956 como una promesa de fidelidad, un cambio de acorde simple que tenía que guardar en la cabeza, y el sencillo hizo famoso al barítono sin pedirle que se endulzara. El boom-chicka de Luther Perkins y Marshall Grant era un ritmo con el que se podía poner un reloj en hora. Cuando pasa a Columbia los arreglos crecen, metales y coros, y a veces suena encerrado en ellos. Los álbumes de prisión vuelven a abrir la caja. Bob Johnston produce la fecha de Folsom. June Carter, con quien se casa en marzo de 1968, está en esas cintas no como decoración sino como la otra voz de la sala, la que contesta. El traje negro, para entonces, ya era un uniforme. La canción de 1971 solo lo explicaba.

Usó ese hecho para algo más que la taquilla. The Man in Black, la canción de 1971, explica la ropa como una lista de gente a la que los focos no llegaban. Cantó en prisiones, habló de las tierras indígenas, llevó el gospel como si no fuera un género aparte sino el suelo bajo las otras canciones. No todas las causas fueron coherentes, y los años del programa de variedades pudieron lijarlo hasta volverlo presentador. La voz, cuando la banda se apartaba, seguía sonando a un hombre que cumplía una cita.

El último capítulo era el menos probable. En 1994 Rick Rubin lo sienta con una guitarra y casi nada más, y llama a la serie American Recordings. Hurt, la canción de Nine Inch Nails que graba hacia el final, se vuelve en 2002 un vídeo que pasa como un testamento: la casa, el museo de sus propias reliquias, June cerca. No estaba tomando prestada la noche de una banda más joven. Reconocía una letra que ya había vivido. June muere en mayo de 2003. Él muere el 12 de septiembre del mismo año.

Lo que los cantantes más jóvenes toman prestado es el disfraz, la grava, el mito del forajido que fue, durante largos tramos, una estrella country con horario de televisión. Lo que pierden es la llaneza. Se pone I Walk the Line o la cinta de Folsom y el barítono no interpreta la sinceridad. Informa. El voto era el fraseo: pocas notas, sin prisa, y una promesa que la canción estaba dispuesta a cumplir.

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