Birmingham, un trono y la larga noche
La despedida fue un trono negro en Villa Park, Birmingham, el 5 de julio de 2025, a un paso de las calles de Aston donde John Michael Osbourne había aprendido a gritar. Estaba sentado porque el cuerpo ya no aguantaba un concierto entero, y cantó igual. Black Sabbath, la banda empezada en 1968 con Tony Iommi, Geezer Butler y Bill Ward, cerró la noche. Menos de tres semanas después, el 22 de julio de 2025, murió a los setenta y seis. El trono no era un accesorio añadido por la nostalgia. Era la última solución práctica para una voz que había pasado cincuenta años haciendo que el espanto sonara a estribillo.
Esa voz nunca fue el orgullo de un técnico. Era un aullido con una melodía escondida dentro, plano como es plana una sirena, es decir útil. En Black Sabbath en 1970, el tritono y la lluvia anuncian un peso nuevo, y la manera de Ozzy en el tema suena a un hombre que informa de una aparición en lugar de interpretarla. Paranoid, el mismo año, le da a la forma sus sencillos: War Pigs, Iron Man, Fairies Wear Boots. No escribía los riffs. Los habitaba, que es el trabajo de un cantante y que los guitarristas de esa banda entendían. El Birmingham obrero de la letra no es decorado. Es la fábrica en la cuerda bajada de afinación.
Sabbath lo echa en 1979, un despido que ahora se lee como el inicio del segundo acto y no como el final. Sharon Arden, luego Osbourne, toma la gestión. Blizzard of Ozz, en 1980, presenta a Randy Rhoads, un guitarrista que tocaba como un alumno de clásico suelto en una película de terror. Crazy Train y Mr. Crowley son la prueba. Diary of a Madman sigue en 1981. Rhoads muere en un accidente de avión el 19 de marzo de 1982, y los discos de después, Bark at the Moon, The Ultimate Sin, No More Tears en 1991 con Mama, I’m Coming Home, guardan a un cantante que tuvo que aprender otras manos en el riff sin fingir que las primeras no habían importado.
El nombre mismo era un susto prestado. Geezer Butler había escrito una letra después de una pesadilla, y la banda tomó Black Sabbath del título inglés de una película de Mario Bava, luego bajó la afinación hasta que el riff pareciera clima sobre Aston. Esos primeros álbumes se hicieron rápido, a menudo en unos días, y por eso Paranoid sigue sonando a una banda que todavía no había aprendido a decorar. El trabajo de Ozzy era plantarse delante de ese peso y no guiñar. Guiñó después, sin parar, en la televisión. En los discos de 1970, no. Los años en solitario guardaron los dos hábitos en la misma garganta: la sonrisa de presentador de terror, y la lectura de pronto recta de una línea como la de Mama, I’m Coming Home. Ordinary Man en 2020 y Patient Number 9 en 2022 mostraron el aullido todavía informando, más fino, rodeado de invitados, y poco dispuesto a archivar la noche en un sketch.
El mito público corrió por delante de los álbumes y a veces los ahogó: la paloma, el murciélago en Des Moines en 1982, las sustancias, el reality que convirtió a una familia en un decorado. The Osbournes lo volvió un personaje cómico para gente que nunca se había sentado con War Pigs. Él lo permitió, y también siguió cantando las viejas canciones como si el chiste no hubiera cancelado la noche. El Ozzfest lo puso en el centro de una economía del metal de gira que había ayudado a inventar. La voz se adelgazó. El fraseo, esa llegada un poco tarde a una nota, seguía siendo reconocible desde el fondo de un campo.
Lo que la despedida aclaró fue la geografía. Birmingham lo reclamó al final porque nunca había sonado de verdad a otro sitio. Se pone el tema de 1970 o Crazy Train y el aullido sigue siendo un instrumento de trabajo, no un disfraz de noche. Aprendió lo oscuro viviendo al lado, en una ciudad de hornos, y luego pasó una vida cobrando la entrada a ese sonido. El trono fue el último escenario. La noche de alrededor era la que cantaba desde el principio.