Un volumen que no existe
Marty DiBergi llega con un cuaderno y la cara seria de quien cree estar filmando un grupo de verdad. This Is Spinal Tap, de Rob Reiner, estrenada en 1984, sigue a un grupo británico de heavy metal en una gira estadounidense que se encoge a medida que avanza. El Nigel Tufnel de Christopher Guest, el David St. Hubbins de Michael McKean y el Derek Smalls de Harry Shearer improvisan casi todo lo que dicen, y por eso la estupidez tiene textura de recuerdo. Nadie guiña lo bastante fuerte para romper el objetivo. El chiste depende de una cámara que finge respetarlos.
Los gags se han vuelto folclore, destino extraño para una película sobre el folclore. Un amplificador cuyos números llegan a once. Un Stonehenge de atrezo entregado en pulgadas en vez de pies. Una portada, Smell the Glove, discutida hasta el negro sobre negro. Una procesión de bateristas que no sobreviven al puesto. Big Bottom y Hell Hole son ridículas y, si uno se ha parado junto a cierto tipo de escenario, no lo bastante ridículas. Las canciones se escribieron para ser malas de un modo preciso: tres acordes, un mito, una entrepierna, un bordón. La grandeza del metal y su papeleo son el mismo animal. La película deja ver ambos en el mismo camerino.
Lo que impide que sea un sketch es el afecto. Guest, McKean y Shearer conocen el modo en que un guitarrista toca un mástil cuando está nervioso, el modo en que un cantante explica una letra que no tiene explicación, el modo en que un mánager promete una sala que ya ha cancelado. El DiBergi de Reiner es el sustituto del público y también la enfermedad: el documental que adula a un grupo hasta que cree su propia prensa. Cuando los bolos se hacen pequeños, la creencia no. Esa es la nota triste bajo la risa, y la razón de que los músicos sigan citando la película como si hubiera girado con ellos.
This Is Spinal Tap es una de las películas más divertidas, más inteligentes y más originales del año.
(Roger Ebert, Chicago Sun-Times, 1985)
Ebert, cuando la película encontró a su público más amplio, la llamó una de las más divertidas del año, y pensaba en la inteligencia tanto como en los remates. Los falsos documentales posteriores tomaron la forma y a menudo fallaron el oído. Spinal Tap funciona porque la música es casi buena. Si los riffs fueran solo una parodia, la gira sería un dibujo. Como casi convencen, las salas vacías humillan. El culto al volumen, al cuero y al destino del hard rock lo examinan personas que podrían haberse unido. Eligieron, en cambio, dar la vuelta a los monitores.
El grupo, claro, se escapó de la película y se volvió una formación de gira de verdad, que es el chiste final y una especie de prueba. Una ficción lo bastante precisa acaba contratada por el mundo del que se burlaba. This Is Spinal Tap sigue siendo la película musical que enseñó al público a oír la pausa antes de que un guitarrista diga algo que cree profundo. La pausa es el retrato. El once es solo el número pintado en el dial.