Un gabinete Leslie y un saco de loops
La batería no tiene swing. Se sienta, plana y enorme, una sola idea repetida hasta que la idea se vuelve una sala. La voz de John Lennon llega de lejos, como si al cantante lo hubieran puesto en una colina y el micrófono se hubiera quedado en el valle. Tomorrow Never Knows, el último tema de Revolver y el primero que se grabó para él, no se comporta como una canción de los Beatles que hubiera aceptado ser popular. Se comporta como una instrucción. Apaga la mente. La banda obedece con más rigor del que el oyente puede.
La cortaron el 6 de abril de 1966 en el Studio Three de EMI, en Abbey Road, George Martin en la producción, Geoff Emerick en la ingeniería de una sesión que inventaba herramientas porque el encargo no cabía en las viejas. Lennon quería sonar como el Dalái Lama cantando desde la cima de una montaña, mil monjes en una sola garganta. Emerick pasó la voz por un altavoz Leslie, el gabinete giratorio que normalmente vivía en un órgano, y apareció la distancia. Paul McCartney llegó con loops de cinta hechos en casa, gaviotas, una risa, una orquesta en fragmentos, y el equipo los hizo volar por los faders en tiempo real. El patrón de Ringo Starr es el punto fijo. El bajo de McCartney zumba en lugar de caminar. El sitar y la guitarra de George Harrison son clima, no solos. No hay un estribillo al que volver. El fundido es la única merced.
Las palabras se apoyan en The Psychedelic Experience, la versión de Timothy Leary del Libro tibetano de los muertos, que Lennon trató como un manual y no como un poema. Aquella semana no le interesaba una historia de amor. Le interesaba un estado. El título, un ringoísmo rescatado de la papelera de los chistes de estudio, impide que el rito suene a una clase. Tomorrow never knows. La frase es más ligera que la música, y la ligereza es necesaria. Sin ella el tema sería una ceremonia sin puerta.
Quiero sonar como el Dalái Lama cantando desde la cima de una montaña.
(John Lennon a George Martin, 1966, según el recuerdo de Geoff Emerick)
Revolver salió en agosto de 1966 y esta canción se sentó al final como una advertencia sobre todo lo que intentarían después. No fue un sencillo. No tenía que serlo. Los músicos oyeron los loops y el Leslie y cambiaron de oficio en silencio. En las raras veces en que se acercaron a ella en directo en años posteriores, la tecnología había alcanzado y el golpe no. La toma de 1966 sigue siendo la que suena a un estudio descubriendo que puede ser un instrumento.
Lo que queda es esa batería plana y una voz que no se va a acercar por mucho que gires el dial. Tomorrow Never Knows es un grupo de pop, en la cima de su fama, aceptando desaparecer dentro de un proceso. Los monjes eran una metáfora. El Leslie no. Todavía se oye el gabinete girando, y el siglo girando con él.