Una guitarra de doce cuerdas enuncia cuatro compases que brillan y luego se sostienen, comprimidos hasta que la nota parece sonar en el aire mismo de la radio, y solo entonces entran las voces.
Un bajo entra ya enfadado, deslizándose, y la voz de Alanis Morissette lo sigue sin calentar, a mitad de frase, como si quien escucha hubiera entrado en una llamada que debía quedarse en privado.
El groove llega ya sonriendo, un bajo que rueda en vez de clavar, una guitarra que comenta de lado, un estribillo que suena a juramento escrito por gente que acaba de bajar de un autobús.
Una guitarra empieza sola, alta y casi tímida, el tipo de figura que John Frusciante dijo haber escrito más feliz que las palabras porque las palabras ya eran bastante tristes.
Un patrón suave de batería y una figura de teclado empiezan como un reloj en otra habitación, y la voz de Cyndi Lauper entra sin disfraz, acostada, escuchando, ya prometiendo sujetar a alguien si se cae.