Una mueca que no se sienta
Una caja seca estalla y la sala no se calma. Lo que sigue es una mueca puesta sobre un patrón de batería que sigue caminando aunque la letra ya haya sacado sangre. Like a Rolling Stone se abre en mitad de una acusación, como si el oyente entrara en una conversación empezada una hora antes y que no va a bajar la voz. El órgano se derrama sobre el compás, un poco tarde, un poco demasiado orgulloso, y la guitarra responde con un mordisco que no intenta ser educado.
El 15 y el 16 de junio de 1965, en el Columbia Studio A de Nueva York, Bob Dylan graba la canción con el productor Tom Wilson. La guitarra de Mike Bloomfield es el relámpago contratado. Al Kooper había llegado como guitarrista, encontró la silla ocupada y se sentó igual al Hammond, inventando una parte que no estaba seguro de saber tocar. Dylan deja el accidente en su sitio. La batería de Bobby Gregg y el piano de Paul Griffin sostienen el suelo mientras la voz se inclina hacia delante: seis minutos de un sencillo que la radio no estaba hecha para cargar. Columbia lo publica el 20 de julio. El álbum Highway 61 Revisited llega el 30 de agosto, con este tema como una puerta que no se cierra.
En directo, la canción se vuelve una prueba de nervios. En Newport aquel verano, y luego en la gira de 1966 con The Hawks, el arreglo eléctrico vuelve hostiles las salas y, despacio, las convierte. Dylan no explica la letra. Escupe las preguntas y deja el nombre de Miss Lonely colgado en el aire. La duración es el asunto. Un sencillo pop que se niega a terminar a la hora ya es una pelea sobre quién decide lo que una canción tiene permiso de ser.
Like a Rolling Stone changed it all. I mean it was something that I myself could dig.
(Bob Dylan, Playboy, 1966)
La recepción es inmediata y un poco aturdida. La crítica oye una escritura de rock nueva, más cerca del monólogo que del estribillo, y los programadores pelean por pasar el tema entero. Lo que permanece no es el escándalo de la banda eléctrica sino la arquitectura del desprecio: una melodía descendente que suena a veredicto, y un estribillo que no ofrece consuelo, solo la condición de no tener ya secretos. El órgano de Kooper, antes un error, se vuelve el sonido que se silba cuando faltan las palabras.
Décadas después, el tema sigue sonando como si decidiera, en tiempo real, ir demasiado lejos. Las versiones han intentado civilizarlo. Ninguna ha quitado la sensación de que a alguien en la sala le están diciendo la verdad a un volumen que la verdad no había pedido. La canción no envejece hacia la nostalgia. Se queda al volumen de una puerta cerrada de golpe en un pasillo que todavía hay que cruzar.