En otro clima de Seattle, el cuarto álbum de Nirvana salió de la sala de ensayo con un título que a nadie le gustaba y una secuencia por la que todos discutían.
La conversación de 1990 con Robert Plant lo encuentra entre el resplandor de Led Zeppelin y el clima más seco de Manic Nirvana, el disco en solitario que acababa de publicar aquella primavera.
La voz llega ya procesada, un robot que ha aprendido a fanfarronear, y el ritmo debajo es lo bastante gordo para ser un dibujo y lo bastante afilado para ser un disco.