Bienvenido al mundo de las crónicas objetivamente subjetivas.

Dos acordes, y un ruido de estribillo

La estrofa no es casi nada, un bajo y un murmullo, y luego la sala detona. La guitarra de Graham Coxon no es tanto un riff como una pared que cae hacia delante. El woo-hoo de Damon Albarn no es una palabra. Es una válvula, tonta y perfecta. Song 2, tema dos del álbum Blur en 1997, dura unos dos minutos y se comporta como una alarma de incendios que aprendió un chiste. Se puede odiar el estribillo y seguir siendo incapaz de rechazarlo. La banda lo sabía. Contaba con ello.

El disco fue su salida del mobiliario britpop. Producido por Stephen Street en Londres, con Coxon empujando hacia los discos americanos que de verdad ponía en casa, el álbum soltó la sonrisa de pandilla y recogió polvo. Albarn tenía un boceto acústico, el woo-hoo ya dentro. Coxon quería la pieza rápida, ruidosa y horrible hasta asustar a su sello. La tocaron riéndose. El sello oyó un sencillo. El chiste fracasó, y el título de trabajo, solo un índice de su lugar en la cinta, se quedó. Street la grabó alta y corta. Dave Rowntree golpea como un hombre que cierra una puerta. El bajo de Alex James es el único elemento que se molesta en ser melódico, y hasta esa melodía es un empujón.

Gran Bretaña ya los conocía. Estados Unidos, que se había encogido de hombros ante los pastiches de los Kinks, de pronto tuvo un estribillo que podía usar en anuncios, juegos y deporte. La ironía viajó mal, es decir, viajó muy bien. El vídeo de Sophie Muller, la banda en una sala vacía zarandeada por su propio volumen, encaja con la falta de escenario de la música. En directo, la canción se volvió el momento en que el set dejaba de ser listo. Dos minutos, y vuelta a las discusiones más largas. Albarn nunca ha fingido que el gancho fuera profundo. Su falta de profundidad es el instrumento.

Hagámosla muy rápida, muy ruidosa y muy horrible, y digámosle al sello que queremos grabarla como sencillo. Los va a aterrar.

(Graham Coxon, Produce Like a Pro)

Lo que el tema pasa de contrabando, bajo el grito, es una banda cambiándose de ropa en público. El álbum Blur está lleno de medias canciones, de ruido, y de un cantante menos interesado en ser el alcalde de una escena. Song 2 es la postal de esa mudanza, lo bastante simple para confundirse con una rendición al mismo rock del que se burlaba. Escucha mejor: la estrofa sigue murmurando, poco impresionada, esperando la explosión que ya ha programado. La parodia y el placer ocupan el mismo bar.

Lo que queda es el woo-hoo, que sobrevivió a la discusión. Gente que no sabría nombrar a Coxon puede cantarlo. Es una especie de derrota y una especie de victoria, y el disco está alegre con las dos. Song 2 no se desarrolla, no explica, no se queda. Patea la puerta, grita y deja el gozne balanceándose. Algunos himnos quieren un legado. Este quería un ruido, y tuvo una vida de todos modos.

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