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Don’t You (Forget About Me) – Simple Minds

Una canción que no querían cantar

Una frase de guitarra queda en el aire como un timbre de colegio que no para, y Jim Kerr entra ya pidiendo que lo recuerden, el título como una mano en el hombro en un pasillo.

Simple Minds no escribió Don’t You (Forget About Me). Lo hicieron Keith Forsey y Steve Schiff, para la película de John Hughes, The Breakfast Club. Forsey, que había producido a Billy Idol, llevó la demo a una banda escocesa orgullosa de escribir sus canciones y ya trabajando en lo que sería Once Upon a Time. La rechazaron. Bryan Ferry la había rechazado. Chrissie Hynde, entonces mujer de Kerr, le repetía que le gustaba. Forsey llamó, dijo que era fan, pidió un par de días, sin promesa. Conectaron. El tema se cortó rápido, producido por Forsey, y salió en febrero de 1985. Kerr, sin una última línea, cantó la, la-la-la-la, y pensaba sustituirlo. Forsey se negó. El sinsentido se quedó, y es la parte que los estadios aúllan ahora.

Kerr ha contado la historia sin fingir que eran visionarios. En 2016 le dijo al Guardian que añadió el gran final porque no tenía letra, que escribiría alguna, y que Forsey contestó: por encima de mi cadáver, esto se queda. La película pone la canción sobre un puño alzado en un aparcamiento helado, cinco adolescentes que salen de un castigo, y el encaje es tan limpio que parece planeado desde el principio. No lo estaba. Era una banda convencida de cantar el estribillo de otro, y que luego lo hizo suyo con una intro de guitarra de Charlie Burchill y una voz que suena a voto. En América fue número uno. En casa fue un éxito que parte del primer público oyó como una traición.

Añadí el gran final de la, la-la-la-la porque no tenía letra. Dije que escribiría alguna, pero Keith dijo: por encima de mi cadáver. Esto se queda.

(Jim Kerr, The Guardian, 2016)

La dejaron fuera del siguiente álbum de estudio, como si el éxito pudiera quedarse en la película. Los siguió igual. Cada bis tiene que decidir si la toca, y la mayoría de las noches la decisión es sí, porque la sala no se irá sin los la. Hughes amaba los discos británicos, las guitarras secas, el frío europeo, y quería ese clima en un sábado de Chicago. Kerr, al que no le importaban los adolescentes americanos castigados, cantó como si hubiera estado en la sesión. Ese es el milagro profesional. Una canción que rechazas puede caberte en la boca.

Lo que queda es el puño alzado y la sílaba que no significa nada y lo significa todo. La letra de Forsey es una súplica de no ser borrado por el fin de semana. Simple Minds le dio escala, delay, una voz capaz de llenar un campo. Los puristas no estaban del todo equivocados. Es más simple que New Gold Dream. También es la puerta por la que entró un público enorme, y algunos se quedaron para las salas más duras. Los la-la, conservados contra el plan del cantante, son el trozo que nadie olvida, un truco limpio para una canción con ese título, y mejor que cualquier línea que hubiera escrito de camino a casa.

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