Bienvenido al mundo de las crónicas objetivamente subjetivas.
 

What’s Love Got to Do with It – Tina Turner

Una canción pop que aprendió a irse

Una caja de ritmos suave y una figura de guitarra empiezan casi con educación, y la voz de Tina Turner entra con una pregunta que no es educada en absoluto, el amor dejado a un lado como un abrigo que decidió no ponerse.

Terry Britten y Graham Lyle escribieron What’s Love Got to Do with It. Britten la produjo en Inglaterra para Private Dancer, el álbum de la vuelta de Turner después de los años con Ike, publicado en 1984. Tenía cuarenta y cuatro años. El sencillo llegó al número uno en América, al 3 en Gran Bretaña, y en 1985 ganó los Grammy a la grabación y a la canción del año. Al principio no la quería. Sonaba demasiado ligera, demasiado pop, no la voz con la que había dominado salas. Roger Davies, su mánager, y la gente de Capitol mantuvieron la demo delante de ella. Cuando la cantó, la ligereza se volvió una hoja. La pregunta famosa no es coqueta. Es una mujer a la que le han usado el amor en contra, preguntando qué hace esa palabra en la sala.

El vídeo, el vestido negro, el andar, la sonrisa que no pide permiso, hizo el resto del trabajo público. El disco en sí es más cuidadoso que el mito. La producción de Britten es ajustada, británica, un poco sintética, y su voz se sienta dentro como una persona que decidió ser exacta. No grita el título. Lo coloca. Esa colocación es el regreso. El público que la conocía como mitad de un dúo oyó a una cantante sola, nada más que negociar. La canción, escrita por dos hombres en Inglaterra, se volvió la frase de su vida porque la cantó como si hubiera escrito la cicatriz.

No creía que la canción fuera para mí. Era demasiado pop, demasiado ligera. Luego la canté, y era exactamente donde yo estaba.

(Tina Turner, entrevista, 1984)

En directo, es una coronación que repite sin aburrirse, porque la pregunta sigue cabiendo. La banda golpea la figura, ella espera medio segundo, y la sala ya es suya. Cantantes más jóvenes han intentado el andar. La voz no es un andar. Es grano, potencia, un control que suena a libertad. Private Dancer está lleno de canciones ajenas cantadas como si la página la hubiera estado esperando. Esta es la que el año no pudo esquivar. Una mujer de cuarenta y tantos, dada por acabada por el negocio que la había usado, tomó una demo que no le gustaba y la volvió el sonido de la negativa.

Lo que queda es la frialdad de la interpretación. La rabia habría sido comprensible y más pequeña. Ella elige una ceja alzada y una nota perfecta. What’s love got to do with it, pregunta, y el arreglo, cortés como un vestíbulo de hotel, deja que la pregunta resuene. La pena, admite en la línea siguiente, sigue ahí. La canción no niega el sentimiento. Se niega a ser gobernada por él. Esa negativa, cantada en 1984 por alguien que se la había ganado, es la razón de que el disco siga sonando a una puerta que se cierra, con suavidad, del lado correcto.

Post Tags
Share Post
No comments

LEAVE A COMMENT