Un coro en la misma sala que un escándalo
Un acorde de órgano se abre como una puerta de iglesia, luego un bombo convierte la nave en pista, y la voz de Madonna entra ya confundiendo las dos cosas, la oración y el deseo en una sola boca.
Like a Prayer la produjeron Madonna y Patrick Leonard para el álbum del mismo nombre, grabado en Los Ángeles y publicado en marzo de 1989. El coro de Andraé Crouch canta como si el tema fuera gospel, que en los huesos lo es, una mujer que se dirige a Dios con la gramática de un amante. El sencillo llegó al número uno en Gran Bretaña y en América. Pepsi había armado un anuncio alrededor, una película alegre de infancia y de refresco. Luego llegó el vídeo de Mary Lambert: cruces ardiendo, estigmas, un santo negro besado en una iglesia, una historia de una mujer que ve a un hombre negro acusado injustamente. El Vaticano lo condenó. Grupos familiares protestaron. Pepsi retiró el anuncio y se quedó con la cicatriz del trato. La canción, debajo de la guerra, es una quemadura lenta que guarda su elevación gospel, el arreglo de Leonard negándose a elegir entre el altar y el club.
Madonna ha descrito la letra como el lugar donde su educación católica y su deseo ocupan la misma frase. El coro no es un sample puesto por alma. Es el argumento. Cuando entran las voces, el tema deja de ser una confesión privada y se vuelve un oficio. Había usado la imaginería religiosa antes, como disfraz. Aquí el disfraz tiene una teología, confusa a propósito. Dios y el hombre no están ordenados. El disco no los ordena. Deja que el bajo y el coro lleven un sentimiento que una declaración habría encogido.
Es la canción de una joven apasionada, tan enamorada de Dios que es casi como si Él fuera la figura masculina de su vida.
(Madonna, Rolling Stone, 1989)
En el escenario la canción sigue siendo una pieza de aparato, coro o la cinta de uno, una cantante que sabe exactamente lo que la sala espera y aun así la canta como si la ofensa estuviera fresca. La ofensa envejeció en clásico, que es lo que el pop hace con sus escándalos si la melodía basta. La versión de Pepsi, clara e inofensiva, es una curiosidad. La película de Lambert es la que dura, porque tomó la confusión de la letra y le dio imágenes que el consejo no había aprobado. El coro de Crouch, contratado para cantar, acabó dentro de una pelea sobre raza y fe que el mix de baile no empezó y no podía parar.
Lo que queda es el bombo bajo el órgano. Muchas canciones han pedido prestada la iglesia. Esta pone un cuerpo en el banco y deja que el cuerpo diga la verdad que la liturgia no dirá. Leonard mantiene el arreglo grandioso y luego funky, una secuencia que todavía suena a 1989 y a una sala mucho más vieja. Madonna, que podría haber susurrado la controversia hasta apagarla, cantó más fuerte. El sencillo sobrevivió al boicot. El coro sigue siendo el mejor argumento del disco, un grupo de voces que insiste: el éxtasis, se llame como se llame, es algo que la gente hace junta.