Un shuffle que casi muere de su letra
Dos acordes claros en una guitarra acústica, un shuffle que debería ser de una banda más ligera, y la voz de Curt Smith entra como si el sol fuera una tapa para una frase más fría.
Everybody Wants to Rule the World la escribieron Roland Orzabal, Ian Stanley y el productor Chris Hughes para Songs from the Big Chair, publicado en 1985. Orzabal llegó con dos acordes y un título que no le gustaba, Everybody Wants to Go to War, un encogimiento de guerra fría que sabía equivocado. A su mujer Caroline le gustaba la música. A él no le gustaban las palabras, y una canción cuyo autor rechaza la letra, ha dicho, muere. Hughes no la dejó morir. Al final de las sesiones les hacía pasar una hora con ella, una y otra vez, hasta que Orzabal encontró la figura de guitarra y cambió war por rule. La canta Smith. El shuffle, ajeno al pulso cuadrado de Shout, se armó con ritmos que metían en una LinnDrum, primos de Waterfront de Simple Minds. Hughes programó el esqueleto en un secuenciador pequeño y vio el tema casi mezclarse solo.
El sencillo llegó al número uno en América y al dos en Gran Bretaña, la canción de verano de una banda que se creía severa. Smith ha dicho que los temas son serios, el poder, la guerra, la miseria de todo eso, vestidos de paseo con las ventanillas bajadas. Ese vestido es el genio de la producción. Nada en Songs from the Big Chair es tan ligero, y la ligereza es lo que deja entrar en un coche, sin lección, la línea sobre gobernar el mundo. Orzabal, que no la quería, acabó con el gancho de guitarra que la gente tararea cuando no recuerda la estrofa. Hughes llamó a la grabación, como historia, sosa de narices, y lo decía como elogio. Fue demasiado rápida para trabajarla de más.
Al principio se llamaba Everybody Wants to Go to War, y yo sabía que no funcionaba. Cuando eres un autor al que no le gusta la letra, la canción muere.
(Roland Orzabal, Classic Pop)
En directo, Smith todavía la canta, y la sala la trata como clima, bienvenida, esperada, un poco sentimental. La figura de guitarra, alta y clara, es la parte que se fotografía. Debajo la letra no se ha ablandado. Todo el mundo quiere gobernar. La canción no absuelve al cantante, ni al oyente del descapotable. Tears for Fears pasó el álbum hablando de gritos primarios y de control. Este tema es el que puso el diagnóstico en la radio entre anuncios, y funcionó porque el shuffle sonríe. Un sermón a este tempo habría fracasado. Un gancho con un cuchillo dentro, no.
Lo que queda es el título corregido. Go to war era demasiado frontal, un panfleto. Rule the world es el mismo miedo con una melodía que se puede silbar, lo cual es más peligroso y más honesto. La hora de Hughes al final del día, la persistencia aburrida de un productor, salvó una canción que el autor casi había enterrado. La voz de Smith, más ligera que la de Orzabal, es el mensajero correcto. Suena como si disfrutara la tarde y te dijera la verdad sobre ella. Las dos cosas están en el disco. El sol es real. La frase también.