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Don’t Look Back

Pennebaker, Dylan, Inglaterra 1965

La película abre en un callejón: carteles con la letra, cámara al hombro y Bob Dylan pasando las letras de Subterranean Homesick Blues. Don’t Look Back, de D. A. Pennebaker, estrenada en 1967, sigue la gira inglesa de la primavera de 1965. El set sigue siendo acústico. La paciencia ya no. No hay narrador y casi ninguna presentación. Pennebaker se queda en pasillos de hotel, coches y camerinos, y trata los conciertos como fechas del calendario, no como revelaciones. El título sale de un verso de She Belongs to Me. La película lo cumple. No vuelve al chico de Hibbing. Se queda con el joven de veinticuatro años, cansado de contestar las mismas preguntas de cada periódico local.

Allen Ginsberg y Bob Neuwirth rondan ese plano de apertura mientras caen los carteles, un gag desechable que también fija el método: las palabras se muestran y se tiran. En el Savoy Hotel de Londres, Joan Baez canta en la habitación mientras Dylan escribe a máquina; comparten espacio, no el mismo rumbo. Albert Grossman, el manager, pelea cachets y cartel en los umbrales. Un reportero de Time consigue una entrevista y descubre que el acceso no equivale a respuestas. Dylan es afilado, grosero, acorralado, gracioso. La película se niega a convertirlo en portavoz oficial del folk. En 1965 el circuito de coffeehouses todavía lo reclamaba. En esta gira les devuelve el reclamo sin usarlo.

Lo que la película no es, y la cronología importa, es la ruptura eléctrica del año siguiente. El grito de «Judas» en el Free Trade Hall de Manchester pertenece a 1966, a otra gira y a otra película. Don’t Look Back es la última mirada sostenida al circuito acústico, cuando las canciones ya habían rebasado el contrato folk y el público aún no había elegido la traición. Se oyen The Times They Are a-Changin’, To Ramona, It’s All Over Now, Baby Blue como noches de trabajo en salas inglesas, no como un recopilatorio. El grano 16 mm en blanco y negro es la película que aguantaba esos pasillos, no un filtro de ambiente añadido después.

She’s got everything she needs, she’s an artist, she don’t look back.

(Bob Dylan, She Belongs to Me, 1965)

El direct cinema, etiqueta pegada después a este enfoque, puede sonar a seminario. En pantalla es una serie de decisiones: sin set de entrevista, sin música bajo un primer plano, sin corte que diga a quién aplaudir. Pennebaker ya había filmado músicos y políticos. Con Dylan encontró un sujeto que actuaba incluso al negarse a actuar ante la prensa. Las ruedas de prensa funcionan como asaltos de sparring. Los mohínes se leen como táctica. La amabilidad, cuando aparece, es breve y por eso creíble. En un sitio que a menudo archiva country y folk en la estantería silenciosa, esta película prueba que el silencio era un disfraz que otros necesitaban más que él.

Las biografías posteriores apilaron motivos, mujeres, drogas, el accidente de moto de julio de 1966, las basement tapes en Woodstock. Don’t Look Back no necesita la pila. Es el documento de una primavera inglesa en la que un compositor era el hablador más agudo de cada habitación y estaba harto de las habitaciones. Los carteles caen en el callejón. Dylan mira Londres por la ventanilla mientras la ciudad pide un mensaje, y la película, fiel a su título, no se gira para inventar uno. Lo que queda es el trabajo: las canciones, las fechas y una cámara que se quedó en el pasillo.

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