Lengüetas, no cuerdas, y un calor ligeramente falso
Harold Rhodes construyó los primeros de estos pianos para aviadores heridos en la Segunda Guerra Mundial, un pequeño instrumento de enseñanza hecho de chatarra, pensado para camas de hospital y no para salones. La idea sobrevivió a la guerra. En 1959 se asoció con Leo Fender, y el Piano Bass, treinta y dos teclas de grave eléctrico, llegó primero a los músicos. Ray Manzarek haría después girar canciones de los Doors sobre esa versión de bajo. El piano completo tardó más. Tenía que aprender a ser mueble y circuito a la vez.
El mecanismo es simple y quisquilloso. Un martillo golpea una lengüeta de metal asimétrica, unida a una barra tonal, y una pastilla lee el resultado como una pastilla de guitarra lee una cuerda. No hay tabla armónica en el sentido acústico. El calor que se ama es un defecto del metal: parciales inarmónicos, una campana dentro de la nota, un decaimiento que no se porta como un Steinway. CBS compró Fender en 1965, y el nombre Rhodes siguió el viaje, entre pleitos que Harold Rhodes pasaría años intentando ganar.
El modelo Suitcase, hacia 1970, metió amplificador y altavoces en la tapa. Lo abrías en un club y el piano ya era una banda. El Mark I se volvió el clásico. El giro eléctrico de Miles Davis es impensable sin él: Chick Corea y Herbie Hancock en In a Silent Way en 1969 y en Bitches Brew en 1970, acordes que flotan en vez de aterrizar. El instrumento no sustituyó el piano acústico. Le dio a la música un segundo clima.
El soul y el pop tomaron las mismas lengüetas y las volvieron íntimas. Billy Preston, Donny Hathaway, Stevie Wonder: el Rhodes se volvió el sonido de una confesión que todavía quería ritmo. Angela, de Bob James, el tema de Taxi, es una figura de Rhodes tan pública como un skyline. Steely Dan lo aparcó bajo canciones que fingían cinismo y, debajo, eran exuberantes. El ataque es suave. El sustain es donde se esconde el sentimiento, un poco desafinado consigo mismo, y por eso nunca suena frío.
El Mark II llegó en 1979, más ordenado, y empezaron las discusiones: qué época, qué previo, qué tapa. Nada de eso impidió que el instrumento volviera cuando los años 1990 y 2000 quisieron calor otra vez. Voodoo, de D’Angelo, en 2000, es un disco de Rhodes tanto como de voz, las lengüetas llevando el arrastre del groove. El neo-soul no inventó el sonido. Recordó que un piano podía ser eléctrico y seguir oliendo a habitación.
Lo que el Rhodes nunca hizo fue imitar el marfil con honestidad. Ofreció un piano paralelo, que se enchufa, que canta unos cents al lado y hace de ese desvío el tema. De un instrumento de regazo en tiempos de guerra a una maleta en un escenario de Miles Davis, el camino es estadounidense en el sentido práctico: chatarra, una sociedad, una pastilla, y luego todo un género apoyado en el resultado. El zumbido forma parte de la armonía.