El dulcémer empieza solo, un dibujo seco y claro, más cerca de una mesa de cocina que de un estudio, y la voz de Joni Mitchell entra como si la conversación llevara ya una hora.
El bajo llega ya bailando, una línea tan elástica que podría cargar una letra más ligera, y luego Linda Womack canta como si las lágrimas fueran un hecho y el ritmo una decisión de no ahogarse en ellas.