Un juramento antes de los tres acordes
La primera frase no canta tanto como despeja la sala. Gloria empieza con un rechazo, dicho casi plano, y solo entonces la banda recoge los tres acordes que todo el mundo ya se sabe de memoria. Piano, bajo y una guitarra que todavía huele a garaje discuten con el poema hasta que el nombre mismo se vuelve un grito. Nada en la apertura pide permiso. Anuncia un cuerpo, una voluntad, y una versión de un éxito que no se va a quedar en la tonalidad de la nostalgia.
Patti Smith lo graba en septiembre de 1975 en los Electric Lady Studios de Nueva York, con John Cale como productor, para el álbum Horses, publicado por Arista el 10 de noviembre. La banda es la que sudaba los sets en el CBGB: Lenny Kaye a la guitarra, Richard Sohl al piano, Ivan Král al bajo, Jay Dee Daugherty a la batería. La frase de apertura viene de su poema de 1970, Oath, soldado al Gloria de Van Morrison, el tema que Them había vuelto estándar del apetito masculino. Smith conserva los acordes y da la vuelta al apetito. Cale empuja hacia el arreglo. El grupo quiere el desborde del directo. El disco guarda las dos cosas, y por eso el tema sigue sonando como una pelea que aceptó, en el último minuto, ser una canción.
En el escenario la pieza se estira, se atasca y luego arranca. Smith trata la letra como una partitura que puede abandonar. La banda sigue la temperatura más que el número de compases. En la sala, Gloria es menos una versión que una toma de posesión: el estribillo viejo sobrevive para que la frase nueva tenga algo famoso que contradecir. El retrato de Mapplethorpe, camisa blanca y chaqueta negra, va con el desafío de la música. Mira, y no apartes los ojos.
All I was really looking for was a technical person. Instead, I got a total maniac artist.
(Patti Smith, Rolling Stone, 1976)
La crítica oye el futuro del punk en un disco que todavía quiere a los sesenta a los que maltrata. La canción no manda en las listas. Hace algo más rudo: enseña a una generación de cantantes que un poema puede golpear un backbeat y salir vivo. La severidad de Cale, que Smith describirá después como una temporada en el infierno, deja la voz desnuda en vez de adornada. Se oye la sala. Se oye la decisión de no alisar la juntura entre la palabra y el estribillo.
Lo que queda es el nervio de esa primera frase. Las versiones posteriores se alargan, se vuelven más salvajes, a veces más graciosas. La toma del disco conserva el frío de un debut que sabe exactamente qué parte del pasado está dispuesto a guardar. Tres acordes, un nombre robado, y una línea que rechaza el trato antiguo. Después de eso, el rock neoyorquino tiene otra puerta de entrada.