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I Wanna Dance with Somebody – Whitney Houston

Un grito de alegría con una catedral dentro

Los metales golpean el aire, una caja de ritmos sonríe, y la voz de Whitney Houston llega ya a tamaño completo, pidiendo un compañero como si toda la sala hubiera sido invitada a contestar.

George Merrill y Shannon Rubicam, que habían escrito How Will I Know, escribieron I Wanna Dance with Somebody (Who Loves Me) para el capítulo siguiente. Narada Michael Walden la produjo en los Tarpan Studios de San Rafael para el álbum Whitney, publicado en 1987. El sencillo llegó al número uno en América y en Gran Bretaña y le valió un Grammy a la mejor voz pop femenina. El arreglo de Walden es claro a propósito, un disco pop con pulmones de gospel: la estrofa es una sonrisa, el estribillo una congregación. Houston, cuyo instrumento podía volver cualquier línea un drama, canta la alegría como una disciplina. El cambio de tono, cuando llega, no es tanto un truco como una puerta abierta a una sala más grande, y ella la cruza sin mirar abajo.

Los autores han dicho que tenían su voz en mente, una canción sobre querer bailar, sobre una felicidad que busca compañía. Ella la hizo más grande que el encargo. En directo, el tema es una prueba de aire y de nervio, porque el público canta el título y ella todavía tiene que estar por encima. Lo estaba. Durante años la canción cerraba las noches o las abría de golpe, un vestido blanco, una banda que sabía apartarse, una voz capaz de sonreír y luego asustar por su tamaño. La radio la gastó, que es una forma de amor y una forma de daño. El disco sobrevivió al desgaste. El arreglo es tan limpio que todavía se oye la sala a la que apuntaba, una pista que también sabe rezar.

La imaginábamos bailando. La canción era la alegría, y el deseo de alguien con quien compartirla.

(Shannon Rubicam, sobre escribir para Whitney Houston)

Los años posteriores complicaron la alegría, como suele complicarse la alegría pública. La canción no se disculpó. Se quedó en tono mayor, un pedido, una fiesta que cree que el pedido será cumplido. Las versiones tienden a cantarla de más o de menos. El original está calibrado. Walden, que sabía enmarcar una gran voz sin enterrarla en efectos, deja los picos para ella y el ritmo para la máquina y la banda juntas. La melodía de Merrill y Rubicam es lo bastante simple para una multitud y lo bastante dibujada para que ella la decore. Ese equilibrio es el oficio.

Lo que queda es la invitación. No una canción de amor en el sentido herido, no un sermón, una mujer en la cima de su poder pidiendo que la encuentren. Los metales siguen sonando a buena noticia. La voz sigue sonando a edificio. En 1987 esa combinación conquistó listas que no siempre eran amables con voces de este tamaño. Sigue conquistando cocinas, una sala más pequeña y una prueba más dura. Somebody who loves me, canta, y durante tres minutos la banda está de acuerdo en que esa persona es posible, y en que la respuesta correcta es bailar.

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