Cinco meses, y una love crowd
Monterey, sábado por la noche hasta el domingo de madrugada, 17 de junio de 1967. El festival ya le había tendido al público rock su propio espejo: Jefferson Airplane, los hijos del Dylan eléctrico, flores en la pancarta. Luego cambió el equipo. Se instalaron Booker T. and the M.G.’s, Booker T. Jones, Steve Cropper, Donald Dunn, Al Jackson Jr., con los metales de los Mar-Keys, y Otis Redding entró en un público que no era su sábado de siempre. Tenía veinticinco años. Le quedaban cinco meses. Nadie en el recinto sabía el segundo dato. Él parecía saber el primero, o sea que tenía unos veinte minutos para volverse innegable ante gente que había venido por otros nombres.
No los fue soltando. Shake golpeó como una puerta. Respect, todavía más su canción aquel verano que de nadie, aunque la versión de Aretha ya estaba en el aire. Luego bajó el ritmo, a propósito, y habló. Robert Christgau, en el público, apuntó las frases. Esta es la love crowd, ¿verdad? Todos nos queremos, ¿no? El campo dijo yeah, porque es lo que hace un campo cuando pregunta un hombre de ese tamaño. Luego I’ve Been Loving You Too Long, Cropper apenas tocando la guitarra, los metales llegando tarde y enormes, Redding suplicando una estrofa que en realidad es una negociación. ¿Pueden hacerlo una vez más? De rodillas. La love crowd, que había sido un lema en una pancarta, se volvió un sonido.
También tomó (I Can’t Get No) Satisfaction de los Rolling Stones y la cantó como si Jagger solo la estuviera alquilando. Try a Little Tenderness cerró el argumento. Las cámaras de D. A. Pennebaker, que harían inmortal la actuación en Monterey Pop, lo pierden y lo encuentran, que es la gramática correcta. No se sujeta a un cantante que usa todo el cuerpo como una vocal. Bob Weir, de los Grateful Dead, dijo después que estaba bastante seguro de haber visto a Dios en ese escenario. La frase es demasiado grande. La actuación aguanta el exceso.
Esta es la love crowd, ¿verdad? Todos nos queremos, ¿no? ¿Tengo razón? Quiero oírlos decir yeah.
(Otis Redding, Monterey Pop, 1967)
El 10 de diciembre de 1967 un avión cayó en un lago de Wisconsin y Redding ya no estaba, días después de grabar (Sittin’ On) The Dock of the Bay. Monterey es la última gran sala pública que tuvo. Es también el momento en que el soul dejó de ser un secreto que la prensa rock podía archivar como rareza. El festival blanco no lo descubrió. Ya era una estrella. Lo que hizo el festival fue quedarse sin adjetivos delante de testigos que escribían en revistas.
Deja a un lado la bata, la nave y el moonwalk. Este es un hombre de traje oscuro, sudando, que pide a un público extraño que admita que quiere a alguien, y que luego no deja que la admisión salga barata. El yeah es fácil. La canción después del yeah es el concierto. Sigue sonando como una persona que se niega a parar.