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New Orleans 1976 – Parliament

La única noche en que la nave llegó primero

Municipal Auditorium, Nueva Orleans, 27 de octubre de 1976. Abre la gira P-Funk Earth Tour, y con ella un objeto que George Clinton quería más dinámico que Pink Floyd. Jules Fisher diseñó la nave. El coste, contado después en torno a medio millón de dólares, era la apuesta de Neil Bogart en Casablanca. Una nave menor debía pasar sobre las cabezas en un cable. Luego la Mothership misma, luces, humo, bolas de discoteca, y Clinton arriba de la escalera como Dr. Funkenstein. Tocó Hugh Masekela. Tocó Bootsy’s Rubber Band. Luego Parliament-Funkadelic, que ese año era menos un grupo que una ciudad en movimiento: Bernie Worrell, Bootsy Collins, Garry Shider, y quien la noche pidiera.

Hicieron aterrizar la nave al principio. Archie Ivy, mánager de Clinton desde hacía tiempo, describió la sala volviéndose, en su palabra, completamente loca. El problema era musical, no mecánico. No se puede seguir al propio apocalipsis. A la noche siguiente, en Baton Rouge, el aterrizaje pasó al final, y allí se quedó. Nueva Orleans es la única ciudad que vio el orden original: la nave primero, el funk después, el mito contado antes de las canciones que debían ganárselo. Las canciones, al final, no necesitaban esa ventaja. Mothership Connection, Give Up the Funk, la cosmología de cómic de The Clones of Dr. Funkenstein, recién salida. Pero el error es el documento. Una banda que aprende, en público, que un clímax es un sitio al que se llega, no del que se sale.

El aterrizaje filmado que la mayoría conoce es Halloween en Houston, cuatro noches después, la misma gira, la misma nave. Es la máquina correcta y el guion revisado. La noche de Nueva Orleans tiene menos fotos y una historia mejor. Ivan Neville, con diecisiete años, estaba en la sala. Recuerda una piel y una puerta que se abre. Basta. El funk en 1976 ya era una ciencia de estudio. Esa noche insistió en ser teatro, con un presupuesto y un remate que llegó demasiado pronto.

Llegamos a Nueva Orleans, empieza el show, hacen el prólogo, baja la Mothership, sale George, y el sitio se vuelve completamente loco.

(Archie Ivy, Gambit)

Lo que hizo la nave, más allá del gag, fue dar a una música de baile negra americana el mismo derecho al espectáculo que el rock daba por hecho. Láseres, pantallas, un arco sobre una guitarra: Zeppelin llevaría eso a un campo tres años después. Clinton llevó una nave a una sala municipal y lo llamó ópera funk. La palabra ópera no es un estiramiento si se cuentan los trajes, la trama y la duración. Esos shows podían durar horas. La nave era la obertura que, tras una noche, se volvió el final.

El objeto acabó en el Smithsonian, que es lo que hace una cultura cuando un chiste resulta haber sido arquitectura. El 27 de octubre de 1976 no era una pieza de museo. Era un riesgo, bajado a un escenario de Tremé, y un cantante con un traje que la sala no estaba lista para tratar como traje. Gritaron. Él se agarró a la barandilla. El funk, después de eso, tuvo que ganarse el derecho de seguirse a sí mismo.

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