Un campo sin un borde acordado
Aeródromo de Tushino, Moscú, 28 de septiembre de 1991. A la Unión Soviética le quedaban semanas de vida, aunque el papeleo esperaría a diciembre. Un golpe había fracasado en agosto. En esa pausa, Time Warner y organizadores locales plantaron un Monsters of Rock gratuito: AC/DC cabeza de cartel, Metallica, los Black Crowes, Pantera y la banda soviética E.S.T. James Hetfield, Lars Ulrich, Kirk Hammett y Jason Newsted aterrizaron en el mismo campo que iban a tocar. El público ya era un problema de aritmética. La policía de la ciudad habló luego de unos 300.000 a mediodía y de cerca de medio millón por la tarde. Los organizadores dijeron más. La cifra de 1,6 millones, repetida durante años, es una leyenda que el propio día no sostiene. El recuerdo posterior de Hetfield es el honesto: un millón, o medio millón, nadie sabía.
Lo que las imágenes sí sostienen es un horizonte hecho de cabezas. Helicópteros pasaban sobre la masa. Delante, hombres de uniforme ocupaban el sitio de una valla. Metallica abrió con Enter Sandman, una canción que solo existía en el mundo desde el 12 de agosto, cuando salió el Black Album. Luego Creeping Death, Harvester of Sorrow, Fade to Black, un Master of Puppets acortado, One, Whiplash. El bis llegó a Last Caress, Am I Evil? y Battery. Metal a plena luz, sin techo de club para sujetar el grave, solo aire y un público que no había crecido con un pit.
Hetfield ha vuelto a una imagen más que al número. Después de unas canciones, parte de los militares de delante se quitó el uniforme y empezó a moverse con la música. Lo ha llamado una liberación, gente que cambia delante de la banda. Es un documento mejor que cualquier aforo. Una sociedad cerrada no se deshace porque un riff se lo pida. Durante una hora y algo, en ese aeródromo, un trozo de ella lo intentó.
Estimaban un millón, o medio millón, nadie sabía de verdad. Había un montón de militares que empezaron a quitarse el uniforme y a hacer headbanging. Era algo que liberaba de verdad.
(James Hetfield, The Fierce Life Podcast)
AC/DC seguía siendo cabeza de cartel. Metallica no robó el póster. Robó la memoria, que es otro robo, y no siempre justo con la banda que cerraba. Lo que salió de Tushino fue la fotografía de la escala, y el hecho de que Enter Sandman, con apenas seis semanas, ya sonara como una canción pública. La cinta, grabada por Fleetwood Mobiles, acabó dentro de la caja del Black Album, que es como una tarde gratis se volvió ficha de catálogo.
Cuéntenlo como quieran. Medio millón ya es una ciudad. Un millón es una fanfarronada. El concierto que queda es el que describe Hetfield: un borde que no veía, un helicóptero demasiado bajo, y uniformes que caen porque la canción había vuelto ridículo el oficio. Al metal le gusta hablar de libertad. Por una vez la palabra tuvo fecha, campo, y un país que estaba a punto de cambiar de nombre.