Antes de que la cultura tuviera un producto
Zoro pinta de noche porque el día pertenece a quienes poseen las paredes. Wild Style, de Charlie Ahearn, rodada en el Bronx a principios de los ochenta y estrenada en 1983, deja que Lee Quiñones interprete una versión apenas ficticia de sí mismo, un writer cuyo nombre en un vagón es a la vez una firma y un riesgo. Fab 5 Freddy, como Phade, se mueve entre los trenes, la galería y el parque con la calma de quien ya entiende que esto todavía no tiene departamento. La trama es un hilo. La cultura es la tela.
Lo que Hollywood pronto empaquetaría como hip hop es aquí, todavía, cuatro prácticas que comparten una acera: graffiti, breaking, DJing, rap. Grandmaster Flash, Busy Bee, los Cold Crush Brothers, Double Trouble, la Rock Steady Crew no hacen cameos. Trabajan. El final bajo la concha, el cartón en el suelo, un público que conoce los nombres, es menos un concierto que una prueba de domicilio. Ahearn, llegado del arte del downtown y quedado el tiempo suficiente para que confiaran en él, mantiene la cámara a la altura de la gente que hace la cosa. Ningún narrador traduce el Bronx para un comprador.
Patti Astor y Lady Pink meten otras salas en el encuadre: la galería que quiere el arte sin los trenes, los writers que no van a lijar sus letras para una pared blanca. La película es torpe como son torpes las noches de verdad. Las frases llegan tarde. Un chiste se queda dentro del círculo. Esa aspereza es el documento. Wild Style se hizo casi sin dinero, lo que significa que nadie tenía presupuesto para lijarla hasta convertirla en una lección sobre el sueño americano. El sueño, si está, es un nombre que sobrevive al siguiente lavado del vagón.
Wild Style es un clásico de culto, indiscutiblemente la película de hip hop más importante, jamás.
(David Mattin, BBC)
En dos años la industria se había dado cuenta. Flashdance ya había tomado prestado un freeze. Beat Street y Breakin’ seguirían, más brillantes, más seguras, apuntadas a un centro comercial. Richard Grabel, al ver esta, se preguntaba si la posteridad la trataría como el The Harder They Come del hip hop: no el relato más liso, el que todavía huele a la sala. Acertó con el olor. Se oye a los crews batirse sin un single de radio en el que apoyarse. La música es cercana, competitiva, local, orgullosa. Fab 5 Freddy ayuda a dirigirla. No la endulza.
Las historias posteriores empiezan con discos, contratos, costas. Wild Style empieza con una mano en un spray y una aguja en un disco, en una ciudad a la que le habían dicho que estaba acabada. La película es un objeto de culto porque la cultura que atrapó se volvió mundial y la película se quedó específica. El Zoro de Quiñones no es un portavoz. Es un obrero con un estilo. Sigue siendo el retrato más justo que el cine ha conseguido de cómo empezó esta música: no como un género, como una manera de ocupar espacio.