En noviembre de 1971, Led Zeppelin publica un disco sin título en la portada y sin nombre del grupo en la funda, como si la música estuviera cansada de ser presentada.
La batería se cierra en una figura que no se desarrolla tanto como insiste, seca y cercana, y entra una voz hablando varias lenguas a la vez, sin que nadie le pida que explique.
Un sintetizador queda colgado en la sala como escarcha en una ventana, sin batería que tranquilice, y la voz de David Sylvian entra como si temiera despertar la casa.
Una caja de ritmos y un riff de teclado llegan ya corriendo, claros como una persecución de dibujos, y la voz de Morten Harket sube hasta que la nota es más alta de lo que la sala esperaba.