El bajo llega ya bailando, una línea tan elástica que podría cargar una letra más ligera, y luego Linda Womack canta como si las lágrimas fueran un hecho y el ritmo una decisión de no ahogarse en ellas.
¿Y si Madonna hubiera congelado el camaleón en 1984 y nunca hubiera vuelto a cambiar de color? El mismo encaje, la misma mueca, el mismo vocabulario de baile, década tras década, mientras la cultura giraba a su alrededor como el clima alrededor de una estatua.
Harold Rhodes construyó los primeros de estos pianos para aviadores heridos en la Segunda Guerra Mundial, un pequeño instrumento de enseñanza hecho de chatarra, pensado para camas de hospital y no para salones.
La armónica entra de lado, un poco aguda, cargada de aire de bar, y el piano responde en un vals lento, como si la sala hubiera pedido una canción más antes del cierre.
A finales del verano de 1979, el primer uniforme del punk empieza a apretar, y The Clash responde grabando un doble álbum que se niega a quedarse en un solo sitio.
La guitarra empieza como un tiempo que cambia de idea, un escalofrío más que un riff, y la banda cae detrás como si hubiera estado esperando la primera gota.