Bienvenido al mundo de las crónicas objetivamente subjetivas.

Un éxito que casi no contiene nada

Un sintetizador queda colgado en la sala como escarcha en una ventana, sin batería que tranquilice, y la voz de David Sylvian entra como si temiera despertar la casa.

Ghosts la escribió Sylvian para Tin Drum, grabado en 1981 con Steve Nye en la producción, en gran parte en los estudios AIR de Londres. La electrónica de Richard Barbieri y la percusión de Steve Jansen son el mobiliario. El bajo de Mick Karn, la firma habitual de la banda, no está. Sylvian ha dicho que el arreglo estaba en su cabeza mientras escribía, y que sin Ryuichi Sakamoto en el estudio no habría sonado así. El sencillo salió en marzo de 1982 y llegó al número 5 en Gran Bretaña, un puesto para una canción que es casi un silencio con una melodía pegada. El pop de esa temporada quería estribillos para gritar. Esta pide que uno se incline. La banda, estilizada y mirada, había hecho por fin el disco que igualaba la quietud de las fotos.

Sylvian ha sido inusualmente directo. En 2009 le dijo a Mojo que Ghosts era la única pieza de Japan que todavía le resonaba, porque era la más autobiográfica, la única vez que dejó pasar algo personal. Señalaba, dijo, el trabajo en solitario. Antes lo había dicho más simple: no creía haberse encontrado en la música hasta escribir esta canción. La letra es un hombre que cuenta lo que el éxito no arregló. La banda se volvía famosa. Él no era más feliz. A los meses del sencillo, Japan terminó. La canción ya había descrito la partida.

La única pieza que produjo Japan y que todavía me resuena es Ghosts, porque es la más autobiográfica. Fue la única vez que dejé pasar algo de naturaleza personal.

(David Sylvian, Mojo, 2009)

En el escenario era un riesgo, cuatro minutos de casi ningún ritmo delante de un público vestido para una banda más afilada. Funcionaba porque la quietud era el asunto, no una falta de nervio. Las actuaciones de 1982, y las vueltas posteriores de Sylvian a la canción con la pista original, guardan la misma temperatura. No se añade nada para hacerla más amable. La radio, habiéndola dejado entrar, no supo bien qué hacer con el siguiente sencillo. No había una fórmula que repetir. Un número cinco construido de escarcha no se convierte en un plan de carrera, y por eso no lo intentó.

Lo que queda es el valor de una habitación vacía. Glam, new romantic, art pop: las etiquetas se resbalan de una pista tan desnuda. Lo que se oye es un cantante que pasó años detrás de un estilo y que, una vez, escribió lo que de verdad sentía. Los fantasmas no son disfraz. Son el miedo que llega cuando lo que se quería resulta no bastar. El sintetizador no crece para consolar. Se queda, frío y exacto, y la voz dice la verdad a un volumen apenas por encima del susurro.

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