Los metales golpean el aire, una caja de ritmos sonríe, y la voz de Whitney Houston llega ya a tamaño completo, pidiendo un compañero como si toda la sala hubiera sido invitada a contestar.
Un bajo de sinte salta como un corazón nervioso, demasiado rápido para una balada y demasiado humano para una máquina, y la voz de Alison Moyet entra ya negociando, don't go, como si el estribillo fuera una mano en una manga.
Una guitarra de doce cuerdas enuncia cuatro compases que brillan y luego se sostienen, comprimidos hasta que la nota parece sonar en el aire mismo de la radio, y solo entonces entran las voces.
Un bajo entra ya enfadado, deslizándose, y la voz de Alanis Morissette lo sigue sin calentar, a mitad de frase, como si quien escucha hubiera entrado en una llamada que debía quedarse en privado.
El groove llega ya sonriendo, un bajo que rueda en vez de clavar, una guitarra que comenta de lado, un estribillo que suena a juramento escrito por gente que acaba de bajar de un autobús.