En febrero de 1977, Fleetwood Mac publica un álbum escrito en medio de las rupturas que describe, y las canciones salen lo bastante pulidas como para esconder los moretones hasta la segunda escucha.
Un sintetizador claro como un juguete enuncia una melodía que se podría silbar en un patio, y Andy McCluskey empieza a cantar el nombre de un avión como si fuera el de una chica, que, terriblemente, lo era.
La intro es una burla, una línea fina y brillante, una voz que ya llama hey boy, hey girl, como si la sala hubiera sido invitada y todavía no le hubieran dicho el precio.
Un piano enuncia una figura pequeña y adulta, aún sin batería, y la voz de Annie Lennox entra como si hubiera estado sentada toda la noche con la misma frase y por fin hubiera decidido decirla.