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Alive – Pearl Jam

Una maldición que el público decidió levantar

El riff de Stone Gossard no pide permiso. Sube, se detiene, vuelve a subir, una figura escrita antes de que hubiera un cantante para ponerse encima. Cuando llega Eddie Vedder, la voz no es triunfal. Está atascada. Alive repite la palabra como si sobrevivir fuera el problema, no el premio. Las estrofas cuentan una historia en pedazos: una madre, un padre que no era el padre, un chico dejado con el parecido. El estribillo, en la escritura, no es un puño en alto. Es la frase de la que no se sale.

La música vivió antes que las palabras. Gossard, entre los restos de Mother Love Bone, tenía una cinta de instrumentales. Una de ellas, pasada a un empleado de gasolinera de San Diego llamado Vedder, volvió con letra cantada sobre una grabación barata. Esa cinta es el nacimiento de la banda que sería Pearl Jam. Grabaron Ten con el productor Rick Parashar en London Bridge Studio, en Seattle, y el disco apareció en agosto de 1991. Vedder dispuso tres canciones como una pequeña ópera: Alive, luego Once, luego Footsteps. Contó a RIP aquel año que el primer acto llevaba incesto y violencia, una ficción armada para que el oyente tuviera que leerla. Debajo de la ficción hay un hecho del que no se ha desdicho. Al final de la adolescencia supo que el hombre que lo había criado era su padrastro, y que su padre biológico, conocido solo como un amigo de la familia, ya estaba muerto.

El solo de Mike McCready es la parte que las salas recuerdan, un largo desenrollar que deja al público cantar la palabra hasta que cambia de temperatura. Vedder lo notó. En Storytellers de VH1 dijo que en la historia original un adolescente se entera de una verdad chocante y queda confuso, y que I’m still alive era una maldición. El público la levantó. Cambiaron el sentido para él. Se oye el cambio en cualquier cinta desde mediados de los noventa: miles de personas usando su carga como prueba de que habían atravesado la suya. No los corrigió. Se unió.

En la historia original, un adolescente se entera de una verdad chocante que lo deja muy confuso. Era una maldición. I’m still alive. Levantaron la maldición. El público cambió el sentido para mí.

(Eddie Vedder, VH1 Storytellers, 2006)

La doble vida de la canción explica que nunca se fijara en un solo póster. Los puristas oían una balada de Seattle demasiado pulida y resentían el tamaño. El tamaño eran McCready y las salas. La escritura era más estrecha, una historia familiar sin los nombres, y un segundo acto más oscuro pegado, porque Vedder ya pensaba en escenas. Ten hizo famosa a la banda más rápido de lo que la ópera podía explicarse. La explicación alcanzó años después, en entrevistas y en esa pausa de Storytellers, y no encogió el estribillo. Solo mostró lo que se le había pedido cargar.

Lo que queda es el alzamiento, elegido por otros. Alive sigue funcionando si no sabes del padrastro, de la cinta de San Diego, del solo. Funciona mejor si lo sabes, porque entonces el grito y el gesto de dolor están en la misma boca, y ninguno cancela al otro.

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