Un oboe y un sintetizador chocan en los primeros segundos, glamurosos y un poco desquiciados, y Bryan Ferry empieza a enumerar lugares como si una postal hubiera sido recortada y tirada al viento.
Una catedral de sintes se abre como una misa remezclada para un club, el latín ya murmurando debajo, y la voz de Neil Tennant entra mirando atrás, ya avergonzada, ya contenta de decirlo.
En septiembre de 1991, un trío de Aberdeen pone un bebé y un billete de un dólar en la portada y, dentro, un puñado de canciones que suenan a una habitación reordenada por la fuerza.
Una caja de ritmos suave y una figura de guitarra empiezan casi con educación, y la voz de Tina Turner entra con una pregunta que no es educada en absoluto, el amor dejado a un lado como un abrigo que decidió no ponerse.