Un himno escrito junto a un grifo abierto
Dos voces entran casi sin acompañamiento, lo bastante cerca para ser un solo instrumento, y la primera línea saluda a la oscuridad como a una persona que llevaba tiempo esperando.
Paul Simon escribió The Sound of Silence en el baño de la casa de sus padres, en Flushing, Queens, con las luces apagadas y el grifo abierto, porque los azulejos le daban un poco de eco y el agua hacía un ruido blanco que le gustaba. Tenía veintiún años. La canción tardó meses en cerrarse. Apareció, acústica y contenida, en Wednesday Morning, 3 A.M. en 1964, producida por Tom Wilson para Columbia, y el álbum fracasó. Al año siguiente Wilson, sin el dúo en la sala, sobregrabó guitarra eléctrica, bajo y batería en el Studio A de Columbia, en Nueva York, y publicó la nueva versión como sencillo. En enero de 1966 era número uno en América, y siguió el álbum Sounds of Silence. Simon y Garfunkel oyeron su futuro en la radio, arreglado por un productor que no había preguntado.
Art Garfunkel, al presentarla en el escenario, ha descrito la letra como la incapacidad de la gente para comunicarse, no solo entre naciones, sino a través de una mesa. Las palabras cruzan una visión de neón y de silencio, de gente que habla sin hablar. La capa eléctrica le da a la visión un pulso que la versión del baño solo insinuaba. En directo solían volver a la armonía desnuda, dos voces y una guitarra, que es como nació la canción y como todavía corta. El público folk que amaba el disco quieto tuvo que aceptar la batería. El público pop nunca oyó el baño.
Solía irme al baño, porque tenía azulejos, así que era una pequeña cámara de eco. Abría el grifo para que corriera el agua, y tocaba. En la oscuridad.
(Paul Simon, Playboy, 1984)
Se le ha pedido a la canción que signifique el asesinato de Kennedy, el entumecimiento de una década, la oscuridad privada de un escritor joven. Simon ha desconfiado de las lecturas grandes. Lo que ha confirmado es la habitación, el grifo, el placer de tocar solo. El tenor de Garfunkel eleva la melodía hasta algo parecido a un himno, y por eso las multitudes la tratan así. En Central Park en 1981, y en incontables escenarios desde entonces, la primera línea todavía calla un campo. Hola, oscuridad. El saludo no se ha gastado.
Lo que queda es la calma extraña de una protesta que nunca alza la voz. El sencillo eléctrico es un compromiso que se volvió clásico, una canción folk a la que músicos de sesión le dieron un pulso, y a la que se dejó encontrar su público. Debajo, todavía se puede oír la habitación de azulejos si uno quiere. Un joven en Queens, el agua corriendo, hablándole a la oscuridad porque la oscuridad contestaba. El silencio del título no está vacío. Es el sonido de gente que no logra alcanzarse, puesto en una melodía que no se suelta.