Bienvenido al mundo de las crónicas objetivamente subjetivas.
 

Nothing Compares 2 U – Sinéad O’Connor

Dos lágrimas que no estaban en el guion

Una caja de ritmos sostiene un pulso lento, casi fúnebre, unas cuerdas entran como una sala que se enfría, y la voz de Sinéad O’Connor llega desnuda, contando las horas desde que el amor se fue como si la cuenta pudiera traerlo de vuelta.

Prince escribió Nothing Compares 2 U en 1985 para el grupo The Family. O’Connor la grabó para I Do Not Want What I Haven’t Got, publicado en 1990, y produjo el tema ella misma. Llegó al número uno en Gran Bretaña y en América. El arreglo es severo: un lecho sintético, una voz sin dónde esconderse, una melodía que vuelve al mismo duelo. John Maybury rodó el vídeo sobre todo como una cara, en París, el Sena y el parque de Saint-Cloud entrevistos y luego abandonados. En la línea de las flores que plantó su madre, corren dos lágrimas. Ha dicho que no lloró en el estudio. La cámara hizo lo que el micrófono no. Su madre, Marie, había muerto en un accidente de coche en 1985, cuando Sinéad tenía dieciocho años. La relación había sido violenta. Las lágrimas no eran la actuación de una amante. Eran las de una hija.

Lo contó con claridad, años después, a la BBC y en sus memorias. No sabía que iba a llorar en el vídeo, porque no había llorado al grabarlo. Cada vez que cantaba la canción pensaba en su madre. Nunca dejó de llorar por ella. El mundo oyó una ruptura y se enamoró de una lágrima. Ella dejó la lectura equivocada en público y la corrigió cuando pudo. La letra de Prince, escrita en la racha caliente alrededor de Purple Rain, es la queja de un amante. En su boca el mama del jardín se vuelve el tema. Las flores murieron cuando te fuiste. No es una metáfora que ella inventó. Es la línea que abrió la cerradura.

No sabía que iba a llorar al cantar en el vídeo porque no lloré al grabarlo en el estudio. Cada vez que canto esa canción pienso en mi madre.

(Sinéad O’Connor, BBC)

El sencillo la hizo, brevemente, la cantante más visible del mundo, lo que ella no quería y no interpretó de la manera correcta. La cabeza rapada, la mirada, la negativa a estar agradecida del modo habitual, todo eso se apoyaba en una voz que podría haber sido una carrera de baladas. Eligió otras peleas. La canción se quedó, versionada, vuelta a visitar, nunca mejorada. Las versiones posteriores de Prince son curiosidades al lado de esta. El original de The Family es otro género. El de O’Connor es el estándar, no porque cantara mejor que el autor, sino porque dejó entrar una muerte privada en una melodía pública y no limpió la prueba.

Lo que queda es la cara, y la cuenta de los días. Siete horas y quince días, una precisión que vuelve el duelo administrativo y por eso peor. Las cuerdas no consuelan. La caja de ritmos no baila. Una mujer joven en 1990 mira a un objetivo y fracasa, durante veinte segundos, en ser solo una cantante. Maybury conservó el fracaso. La radio la puso hasta que la lágrima fue famosa y la razón no. La razón está en su propia frase, repetida cada vez que se lo preguntaron. La madre. El jardín. La canción que debía hablar de un hombre, y que se volvió, en la única versión que importa, una visita.

Post Tags
Share Post
No comments

LEAVE A COMMENT