Bienvenido al mundo de las crónicas objetivamente subjetivas.

Un día de Acción de Gracias al final del camino

La noche de Acción de Gracias de 1976, el Winterland Ballroom olía a pavo asado y al final de un trabajo. Bill Graham había dado de comer a San Francisco antes de que The Band saliera al concierto que Robbie Robertson presentaba como el último. Martin Scorsese no trata esa decisión como un rumor de camerino. La filma como un rito. Dieciséis años de carretera, de los Hawks de Ronnie Hawkins a las guerras eléctricas de Dylan y a Music from Big Pink, ya están en la sala antes de la primera nota.

Robertson, Levon Helm, Rick Danko, Richard Manuel y Garth Hudson siguen sonando como un grupo que aprendió las canciones viviéndolas. The Weight y The Night They Drove Old Dixie Down no llegan como nostalgia. Helm canta como si el polvo de la gira siguiera en su garganta. Danko sonríe como quien deja una casa querida. Manuel mira más allá de las luces. Hudson, casi escondido, impide que el suelo se hunda, que es lo que sus teclados habían hecho siempre.

Luego los invitados convierten una sala en un mapa. Muddy Waters toma Mannish Boy como si los amplificadores hubieran sido hechos para él. Van Morrison empuja Caravan con un traje que tira luz. Joni Mitchell canta Coyote. Neil Young se apoya en Helpless. Cuando la correa de Eric Clapton cede durante Further On Up the Road, Robertson entra sin discurso. Neil Diamond canta Dry Your Eyes como un hombre sorprendido de haber sido invitado. Dylan llega tarde, con un sombrero blanco que rechaza la solemnidad, y la sala recuerda junto a quién aprendió este grupo a respirar en público. Algunas voces se añadieron después en un estudio. El clima de la noche se sostiene.

Dieciséis años de carretera son suficientes. Veinte son impensables.

(Robbie Robertson, The Last Waltz, 1978)

Las discusiones empiezan en cuanto se retiran los platos. Helm dirá que la película corona a Robertson y empuja a los demás hacia el borde, versión de un productor para una banda que nunca tuvo un solo jefe. Las entrevistas, rodadas en un plató de la MGM, sí le dan a Robertson las frases más largas. La música le responde. Cuando suben los vientos, o cuando Helm apoya el pulso, la imagen vuelve a ser de cinco. Estrenada en la primavera de 1978, The Last Waltz parece menos una fiesta que un frasco con el aire todavía dentro.

Lo que queda no es un brindis por los sesenta. Es el archivo de un rock americano que confiaba en las canciones para cargar la historia sin anunciar la lección. Dr. John, Ronnie Hawkins, Paul Butterfield, los Staple Singers, Ringo Starr, Ron Wood: los créditos se leen como una última lista de un circuito que iba a profesionalizarse hasta olvidar noches así. Scorsese, entre años más duros también para él, filma el sudor y la cortesía con la misma atención próxima que da a un relato. El camino que rechazan es el que el rock tomó de todos modos. La película se queda a la mesa después de apilar las sillas.

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