Una mecha que arde lejos de casa
El piano no despega, se sienta, un acorde amplio sujeto por una nota grave, mientras la voz de Elton John llega ya cansada de un viaje apenas anunciado.
Bernie Taupin escribió la letra en la cabeza, camino al norte para ver a sus padres, con el cuento de Ray Bradbury, The Rocket Man, de The Illustrated Man, todavía en mente, y con la idea de que un astronauta del futuro podría ser tan común como un taxista. Después ha apartado la sospecha de que la canción respondiera a Space Oddity de David Bowie. Gus Dudgeon, que había producido aquel sencillo de Bowie, produjo este en el Château d’Hérouville en enero de 1972, con Dee Murray al bajo, Nigel Olsson a la batería y Davey Johnstone a la guitarra. Elton puso la página en el piano, como solía hacer con las palabras de Taupin, y la melodía llegó en la sala, lo bastante lenta para parecer un anochecer.
En el escenario el tema se volvió un pequeño teatro de resignación. Las luces caían, la banda retenía el tempo, y el estribillo no se elevaba tanto como aceptaba su turno. High as a kite, en la letra, es a la vez el oficio y la broma. La guitarra de Johnstone responde con deslices largos, la batería se queda cortés, y el fundido no resuelve nada. Simplemente sigue, y eso es la trama. El aterrizaje se promete y luego se niega. La mecha arde donde nadie ve el humo, y la ciencia, admite el cantante, no es la suya. Cinco días a la semana, dice, y el verso suena como un reloj de fichar.
En realidad era una canción inspirada por Ray Bradbury, por su libro de cuentos de ciencia ficción llamado The Illustrated Man. En ese libro había un relato llamado The Rocket Man, sobre cómo los astronautas, en el futuro, se convertirían en una especie de trabajo cotidiano, así que tomé esa idea y corrí con ella.
(Bernie Taupin, New York Post, 2019)
Se oyó la soledad antes que la ciencia ficción. En Gran Bretaña el sencillo llegó al número 2, en América al 6, y Honky Château llevó a Elton a salas lo bastante grandes para una balada sobre un hombre que echa de menos a su mujer más que al suelo. La ha cantado con lentejuelas y con disfraz, en el Dodger Stadium y en giras que se negaban a terminar, y el brillo no cancela del todo la frase del centro. No es el hombre que creen ver en casa. El traje cambia. El trayecto, no.
Lo que queda es la llaneza de la queja. Ni cuenta atrás ni ignición heroica, solo una voz que extraña la Tierra y lo dice sin adorno. Taupin le entregó a Elton un trabajador, y Elton le entregó al trabajador una melodía que sabe a atardecer dentro de una cabina. Otras canciones espaciales de esos años buscaban el asombro. Esta busca una luz de cocina dejada encendida, y el largo, largo tiempo antes de que alguien vuelva a apagarla.