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Black Hole Sun – Soundgarden

Un título mal oído en las noticias, silbado en un dictáfono

La guitarra no riffea tanto como se desploma, una frase que se dobla con el calor y se niega a ponerse derecha. La voz de Chris Cornell entra ya alta, sin esfuerzo, como si la melodía se hubiera ensayado en un coche cerrado. Black Hole Sun es bonita de un modo que vuelve sospechosa la bonitura. El estribillo le pide a un cielo que se lleve la lluvia, lo cual está al revés, y el revés es todo el clima. Nada en la letra ofrece una escena que se pueda dibujar. El dibujo ocurre en el tono: pesado, dulce, y más triste de lo que la melodía admite.

Cornell la escribió en la cabeza de camino a casa desde Bear Creek Studio, en Woodinville, a treinta y cinco o cuarenta minutos de Seattle, después de una sesión que no tenía nada que ver con esta canción. Un presentador había dicho algo que él oyó mal. Black hole sun, o eso creyó, y el error bastaba. Dio vueltas al arreglo en el cráneo para no perderlo, solo incluido, llegó a casa y lo silbó en un dictáfono que en realidad nunca volvió a poner. Al día siguiente puso cambios de tono bajo la estrofa y dejó que las palabras salieran en flujo, desde la sensación del título. Soundgarden la grabó para Superunknown en Bad Animals, en Seattle, con Michael Beinhorn en la producción y Brendan O’Brien en la mezcla. El disco llegó en marzo de 1994. Cornell contó a Kerrang! que había escrito la canción en unos quince minutos, y pasado semanas en otras que no iban a ninguna parte.

El vídeo de Howard Greenhalgh hizo derretirse el suburbio, caras que se estiran, césped demasiado verde, un picnic que se cuaja en sueño. Ganó la maquinaria de MTV y fijó una imagen que la letra se había negado a dar. En directo, la banda la tocaba como un peso, la guitarra de Kim Thayil encontrando el bend cada noche, Ben Shepherd y Matt Cameron impidiendo que el suelo se fuera flotando. Cornell insistió, pronto, en que la gente se perdía el humor. La melodía era bonita, así que oían alegría. Él oía tristeza. Dijo a Melody Maker en 1994 que nadie parecía entenderlo, una queja extraña para una canción que se volvió la que todo el mundo tuvo, y aun así justa.

La escribí en la cabeza conduciendo a casa desde Bear Creek Studio, en Woodinville. Salió de algo que dijo un presentador en la tele y que oí mal. Oí bla bla bla black hole sun bla bla bla.

(Chris Cornell, Uncut, 2014)

El Grammy que siguió, mejor interpretación de hard rock, puso un trofeo sobre una mala escucha. Cornell nunca reclamó un programa para las palabras. Llamó a la letra lo más cerca que había estado de jugar con las palabras por sí mismas, un paisaje de sueño surrealista, no una tesis. Esa honestidad es la razón de que la canción no envejezca en eslogan. No se puede marchar con ella. Solo se puede estar bajo la llovizna que se niega a cancelar, mientras la guitarra sigue marchitándose en el mismo sitio.

Lo que queda es la hora del dictáfono, las cuatro de la mañana, un título que nunca se dijo. Black Hole Sun es el sonido de mantener una melodía viva el tiempo suficiente para meterla en una casa. La casa, y luego el mundo, pusieron los sentidos. La canción solo había puesto el tiempo.

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