Una línea de Bach a la que se le enseñó a bailar
Una guitarra de doce cuerdas enuncia cuatro compases que brillan y luego se sostienen, comprimidos hasta que la nota parece sonar en el aire mismo de la radio, y solo entonces entran las voces.
Los Byrds grabaron Mr. Tambourine Man el 20 de enero de 1965 en los estudios Columbia de Hollywood, con Terry Melcher en la producción. De la banda, solo tocó Roger McGuinn. El resto de la pista es la Wrecking Crew, la batería de Hal Blaine entre ellos, porque el grupo aún no estaba lo bastante ajustado para la sesión. Cantaron McGuinn, David Crosby y Gene Clark. La canción era de Bob Dylan, oída en una demo larga e inestable, en dos por cuatro. Crosby dijo que ese compás no viviría nunca en la radio. McGuinn, que venía mirando a los Beatles, la pasó a cuatro por cuatro y construyó la introducción con unas notas del Jesu, Joy of Man’s Desiring de Bach, que ya tocaba en doce cuerdas. La compresión del ingeniero Ray Gerhardt le dio a la Rickenbacker un sustain que sola no tenía. El sencillo, en abril de 1965, llegó al número uno a ambos lados del Atlántico.
Dylan fue a un ensayo, oyó la versión bailable, y tardó un momento en reconocer su canción. Le gustó. La letra, una larga invocación a un músico que podría ser una musa, se cortó al estribillo y a una estrofa, lo que los puristas reprocharon y la radio exigía. En el álbum que siguió en junio, la banda tocó más sus propios instrumentos. El sencillo sigue siendo el accidente que inventó un estilo: palabras folk, un ritmo de Beatles, un fragmento de Bach, una banda de sesión que sabía hacer discos de girl groups. La técnica de banjo de McGuinn, tres dedos en doce cuerdas, es el tintineo que nombró el híbrido de la década.
Me di cuenta, al oír a los Beatles, de que tenían algo, de que cualquier cosa con un compás de cuatro por cuatro iba a ser un éxito. Así que reorganicé Mr. Tambourine Man.
(Roger McGuinn, Guitar Player)
En directo, la doce cuerdas es todo el espectáculo. El público espera esos cuatro compases como se espera un telón. Otros cantantes han devuelto la canción a la forma larga de Dylan, y se ha tocado otra vez como vals, y ninguna de esas versiones cancela el sencillo de Columbia. Es carpintería. Melcher quería un hit. McGuinn quería que la guitarra sonara a campanas y a Bach. Los dos obtuvieron lo que pedían, y el folk-rock, como palabra sobre la que se discutió, empezó a espaldas de una Rickenbacker.
Lo que queda es la invitación. El tamborilero de Dylan sigue siendo misterioso, una figura que podría ser un camello, un salvador, o solo un músico en una sala. Los Byrds no lo resuelven. Lo hacen moverse. La compresión de la guitarra es un pequeño azar de estudio que se volvió firma, oído en cien bandas que compraron el mismo instrumento y no pudieron comprar a Gerhardt. Bajo el brillo sobrevive una frase de Dylan, cortada a medida, que sigue pidiendo que se la lleven de viaje. El viaje, en esta grabación, dura dos minutos y medio, y eso bastó.