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Vienna – Ultravox

Un sencillo que se negaba a serlo

Una caja de ritmos marca un anochecer europeo, escaso y formal, y la voz de Midge Ure llega con una línea ya terminada, como si el resto de la canción tuviera que alcanzar una frase que no podía perder.

Ultravox escribió Vienna en una sala de ensayo fría en 1980, poco después de que Ure reemplazara a John Foxx, de que la banda fuera dejada y de que hubiera que rascar para tener estudio. Billy Currie quería algo con el peso de los románticos tardíos, Grieg y Elgar en la sangre de sus líneas de teclado. Warren Cann puso un ritmo. Chris Cross encontró un bajo en un sintetizador. Ure llegó con casi nada, salvo la frase de que el sentimiento se había ido, this means nothing to me. Conny Plank produjo el álbum en RAK, en Londres, y en su propio estudio cerca de Colonia, y la pista ganó un solo de viola, un piano de cola y una sección central que crece como una película cuya imagen no existe. Chrysalis la veía demasiado lenta, demasiado larga, lo contrario de un sencillo. La banda rechazó el corte. Salió en enero de 1981.

Se detuvo en el número 2 en Gran Bretaña, frenada por el éxito de broma de Joe Dolce, un chiste del que la canción nunca ha escapado del todo y que nunca necesitó. El vídeo, en blanco y negro, va de Covent Garden a la ciudad del título, filmado con la pompa que pide el centro. Ure ha dicho que mintió a la prensa entonces, vistiendo una idea más oscura y más privada de romance de vacaciones. La música hace el trabajo honesto. Es pomposa a propósito en el centro, desnuda antes y después, y termina con un florido clásico que habría avergonzado a una banda menos segura de su nervio. Plank, que había grabado a Kraftwerk, entendía el espacio. Deja que el vacío sea parte del gancho.

La discográfica no quería publicar Vienna. Era demasiado lenta, demasiado larga, y había un solo de violín, la antítesis de un sencillo comercial.

(Midge Ure, The Guardian, 2017)

En directo, la canción es una ceremonia. El público canta la negación, this means nothing, y quiere decir lo contrario. La viola de Currie, o su fantasma de teclado, sigue partiendo la sala. Pasaron años pidiéndole a Ultravox Berlín, París, otra ciudad con el mismo abrigo. No podían escribir el mismo accidente dos veces. El tema sigue siendo el que conoce quien no conoce el catálogo, y aquel con el que la banda, a la que habían dado por acabada, volvió a la luz. Un sencillo rechazado, conservado entero, vendió más que las opciones sensatas.

Lo que queda es el placer de la escala. Cuatro minutos que se portan como una ópera breve, una banda de sintetizadores que recuerda que un piano todavía puede romper el corazón, un estribillo que se encoge de hombros y luego construye una catedral alrededor del encogimiento. La línea de Ure es pequeña. El arreglo se niega a serlo. Entre los dos hicieron el raro disco pop que es a la vez un estado de ánimo y una arquitectura, y que, cuando entra la viola, todavía hace que una sala contenga el aliento, como si la ciudad de fuera se hubiera callado a propósito.

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