Bienvenido al mundo de las crónicas objetivamente subjetivas.
 

Cornflake Girl – Tori Amos

Pasas en la mesa, y el cuchillo se queda en el cajón

El piano no gotea. Pisa, mano izquierda ancha, mano derecha casi grosera, mientras un coro de voces de mujer responde como una cocina que se ha vuelto. Cornflake Girl se abre ya en discusión. Tori Amos canta como si la invitada siguiera en la silla, la taza todavía tibia, la historia aún no segura de contarse. El groove está más cerca de un pisotón que de la capilla que se esperaba de la hija de un pastor. La voz de Merry Clayton lo cruza, músculo de gospel bajo un estribillo pop que insiste en que el daño es real.

La canción pertenece a Under the Pink, publicado en 1994 y producido por Amos con Eric Rosse. Gran parte se armó en el Fishhouse, el estudio de Rosse en Taos, Nuevo México, lejos de las salas donde le habían dicho cómo debía portarse una mujer al piano. Leía Possessing the Secret of Joy de Alice Walker, y el libro no se quedaba en sus tapas. Walker escribía de madres y abuelas que entregaban a las niñas a un corte ritual. Amos oyó ahí una traición más ancha: mujeres vendiendo a mujeres, en la mesa, las manos a la vista, sin arma. Cornflake quería decir cerrada, pan de molde, la amiga que se pasa al otro lado. Raisin, la que se queda cuando la fiesta se vacía.

En el escenario la tocaba tanto de pie como sentada, el pelo en la cara, el Bösendorfer recibiendo los golpes. El sencillo llegó al número cuatro en Gran Bretaña y abrió la puerta del disco. El público cantaba las sílabas absurdas como si fueran un chiste. No lo son. Son el sonido de alguien hablándose a través de un hecho que no quiere: esto no está pasando de verdad, y luego la corrección, apuesta la vida a que sí. El vídeo la dejaba en un desierto de rituales raros, mitad cuento, mitad aviso, lo que encajaba con una canción que se negaba a elegir una sola herida.

La decepción de ser traicionada por una mujer es mucho más pesada que la de ser traicionada por un hombre. De vosotros, los hombres, se espera. Duele, pero no me sorprende.

(Tori Amos, New Review of Records, 1994)

Lo que algunos oyentes pasaron por alto es lo poco que la raisin girl consuela de verdad. La lealtad se nombra, no se entrega. El tema se queda en el shock, en lo grosero del giro, en cómo una hermandad en la que Amos quería creer falló la prueba más simple. Dijo que la traición de una mujer pesaba más que la de un hombre, porque de los hombres había aprendido a esperar el corte. El disco no moraliza más allá. Mantiene el piano alto para que la frase no se esconda en lo bonito.

Tres décadas después, el pisotón sigue sorprendiendo a quien llega por la balada. Cornflake Girl es el momento en que Amos dejó de arreglar su rabia en algo que una radio pudiera acariciar. La metáfora del cereal es casi tonta hasta que se oye a quién se clasifica, y en qué cuenco. Entonces el chiste se adelgaza, el coro se queda, y la mesa sigue puesta.

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