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Don’t You Want Me – The Human League

El relleno que se volvió Navidad

Un bajo de sintetizador cuenta la entrada como un barman que ya ha visto esta pelea, y Philip Oakey empieza la historia de su lado, ya seguro de que se le debe algo.

The Human League grabó Don’t You Want Me para Dare en los Genetic Studios de Reading, con Martin Rushent en la producción, y el álbum salió en 1981. Oakey escribió la letra a partir de un fotocuento de revista juvenil y de la forma de A Star Is Born, un hombre que encuentra a una chica camarera, le hace una cara, y no puede creer que se vaya. Jo Callis y Philip Adrian Wright armaron un arreglo de sintes más duro. Rushent y Callis lo suavizaron. Oakey odió la versión suave. La creyó la más débil del disco y la aparcó al final de la cara B. Susan Ann Sulley canta la respuesta, la camarera que trabajaba en un cocktail bar, cerca de la verdad: ella y Joanne Catherall habían sido encontradas en un club de Sheffield el año anterior, aún no cantantes. Simon Draper, de Virgin, quería un cuarto sencillo. Oakey se resistió, luego aceptó si un póster acompañaba el siete pulgadas, para que los fans no se sintieran robados por un relleno.

Fue el número uno de Navidad en Gran Bretaña en 1981, y el número uno en América al año siguiente. Oakey no le ha perdonado del todo. En 2014 le dijo a Classic Pop que quizá había vendido miles de millones, pero que o la había oído demasiadas veces o el resto de Dare estaba tan por delante que el éxito quedaba a la sombra. La sombra es donde vive el público. El dúo es el asunto. La estrofa de ella no se disculpa. Ella trabajaba, él la eligió, ahora es famosa, cinco veces más, y la canción, que él quería como su queja, sigue dándole las mejores líneas.

Don’t You Want Me quizá haya vendido miles de millones, pero o la he oído demasiadas veces o el resto de Dare está tan por delante que la deja a la sombra.

(Philip Oakey, Classic Pop, 2014)

En el escenario la pelea es coreografía. Él está ahí, ella está ahí, el público canta las dos partes, incluida la amenaza del último estribillo, que una pista de baile ha decidido llamar romance. Esa decisión merece discusión. Las palabras son de un hombre que no suelta. La música es tan limpia, tan claramente producida por Rushent, que la amenaza llega vestida de fiesta. La voz de Sulley, inexperta y exacta, salva el disco de ser solo de él. Suena como si ya se hubiera ido del edificio. Él sigue explicando.

Lo que queda es un éxito que su autor archivó como error. Dare está lleno de canciones mejor construidas, y esta tiene la historia, las dos voces, el póster, la Navidad. El pop es injusto así. La pista que Oakey escondió es la que el año recuerda. El cocktail bar sigue en la letra, un trabajo real vuelto mito, y los sintetizadores brillan como si nadie en la canción tuviera miedo. Vuelve a oír su estrofa. El sencillo es de ella, diga lo que diga el crédito, y el hombre que no quería publicarlo sigue, en cada gira, obligado a cantar la pregunta.

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