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Riders on the Storm – The Doors

Un susurro dejado en la salida

Ya llueve cuando entra el piano Rhodes, una figura de jazz sin prisa, y la voz de Jim Morrison llega baja, como si contara la historia desde el asiento del acompañante.

Riders on the Storm se grabó entre diciembre de 1970 y enero de 1971 en el taller de los Doors, en el 8512 de Santa Monica Boulevard, producida por Bruce Botnick y la banda, para L.A. Woman. Ray Manzarek toca el piano eléctrico. La guitarra de Robby Krieger tiembla con trémolo. John Densmore sostiene un ritmo suave y constante. La lluvia y el trueno son clima de estudio, puestos bajo una canción que empezó, según Krieger y Manzarek, como un jam sobre (Ghost) Riders in the Sky. Morrison trae a un autoestopista que mata, figura que ya había perseguido en un guion, pariente del asesino real Billy Cook. Luego la última estrofa gira y pide amor, como si la tormenta hubiera cambiado de idea. El álbum salió en abril de 1971. El sencillo, en junio.

Hecha la voz principal, Morrison susurra la letra sobre sí mismo, una segunda voz que se apaga bajo la primera. Manzarek llamó después a ese susurro lo último que Jim grabó, una voz que se adelgaza hacia la eternidad. Morrison se fue a París. Murió allí el 3 de julio de 1971, a los veintisiete. La banda ha sido cuidadosa, y a veces no, al convertir el calendario en mito. Lo que está claro en la cinta es el sonido: una canción que se niega al clímax, siete minutos en el álbum, la tormenta alejándose. En el escenario, mientras él estaba, era un cierre que no quería terminar.

Hay una voz susurrada en Riders on the Storm, si se escucha bien, una sobregrabación en susurro que Jim añade bajo su canto. Eso es lo último que hizo.

(Ray Manzarek, Uncut, 2011)

La radio tomó un corte más corto y aun así no logró volverla ordinaria. La canción ha habitado películas, anuncios, cualquier imagen que necesite una carretera mojada de noche, y sobrevive al uso porque la grabación es concreta. Se oye la sala de Santa Monica, cuatro hombres que casi se habían deshecho y que, durante unas semanas, volvían a ser una banda. Botnick, su ingeniero desde hacía años, dejó la voz seca y la lluvia ancha. El contraste es el drama. Morrison no grita. Narra, y luego se convierte en su propio fantasma.

Lo que queda es esa segunda voz. La historia del autoestopista es pulp, el giro espiritual del final es sincero, y ambos caben en un groove que podría haber salido de un lounge si el lounge tuviera tormenta afuera. El piano de Manzarek es el sistema del tiempo. Cuando llega el susurro, la canción deja de ser una escena y se vuelve una partida. Tenía veintisiete años, y la cinta no lo sabía. Quien escucha, sí, y ese saber cambia el fundido, que entonces solo era una banda sacando un buen tempo de la sala.

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