Una máquina en lugar del bis
El bombo no pide permiso. Cae, seco y enorme, y un secuenciador responde una fracción tarde, como si la canción hubiera decidido cojear a propósito. Luego el golpe de coro, brillante y un poco irreal, y el bajo de Peter Hook, que se niega a comportarse como un instrumento rítmico. Blue Monday son siete minutos y medio de física de club. Publicado por Factory en marzo de 1983, no hace fade in. Empieza ya trabajando, un disco pensado para sonar más fuerte que lo que el DJ hubiera puesto antes.
Bernard Sumner, Hook, Stephen Morris y Gillian Gilbert lo escribieron rápido, alrededor de un Oberheim DMX que apenas acababan de aprender. El encargo práctico era casi cómico. Estaban hartos de que les gritaran por saltarse los bises, así que imaginaron una pieza que las máquinas pudieran tocar mientras la banda dejaba el escenario. No se quedó en algo tan simple. En Britannia Row, en Londres, con el ingeniero Michael Johnson, persiguieron la ciencia del doce pulgadas: más nivel, más grave, un golpe que un sistema de club premiaría. Hook escribió el bajo que asciende, en la sala. Las secuencias eran largas porque el equipo, por una vez, permitía la duración. Lo mezclaron hacia el inicio de 1983 y lo dejaron salir como FAC 73.
La portada de Peter Saville, un disquete troquelado, costó tanto que la historia dice que perdían dinero con cada copia temprana. La idea de promoción en Factory rozaba la nada. Nada de eso detuvo el disco. Los DJs oyeron el subgrave y la negativa a resolver, y el maxi se convirtió en el más vendido de su tipo. No estaba en las primeras ediciones de Power, Corruption & Lies. No necesitaba un álbum para vivir. En el escenario le salieron dientes, las máquinas y los humanos discutiendo quién mandaba.
No es realmente nuestra mejor canción, pero fue diseñada como una máquina para hacer bailar a la gente.
(Bernard Sumner, Mad World)
A quienes querían otro Joy Division se les indicó, con educación y luego sin ella, que miraran a otra parte. Sumner ha sido claro: el punto era la incomodidad. No quería pasar su vida de cantante como un boceto de Ian Curtis. Blue Monday es el argumento sostenido en ritmo. La letra es pequeña al lado de la arquitectura. El sentimiento no. Un blue Monday, en la vieja frase, es el día que no quiere empezar. Aquí el día empieza estés listo o no, y no se detiene por un estribillo.
Lo que queda es la cojera que se volvió groove. Ese secuenciador tarde, el bombo que parece golpear el pecho antes que la sala, el bajo que al final sube como una decisión. La música de baile pasaría décadas refinando esta lección. New Order la enunció una vez, en una portada que parecía material de oficina, y luego tuvo que tocar la pieza el resto de su vida. El botón que esperaban pulsar sigue exigiendo a cuatro personas. La máquina, resultó, tenía una banda dentro.