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Dancing Queen – ABBA

Una pista que la hizo llorar

El glissando de piano es un telón, no un riff, y el ritmo de debajo ya está bailando antes de que inviten a nadie. Las voces se apilan en terceras que parecen un pasillo de espejos, brillantes, un poco formales, imposibles de cruzar sin sonreír. Dancing Queen no describe una noche. Construye primero la noche, el suelo, las luces, la de diecisiete años que es un personaje y no una confesión, y solo entonces deja que la melodía admita lo bien que sienta que te miren. El sentimiento no es adolescente. El oficio es adulto, casi severo, y por eso la alegría no se marchita.

Lo graban en agosto de 1975 en el estudio Metronome de Estocolmo, Benny Andersson y Björn Ulvaeus en la producción, la canción escrita por Andersson, Ulvaeus y Stig Anderson. El título de trabajo era Boogaloo. El ritmo toma una pista de Rock Your Baby de George McCrae y de la batería de Gumbo de Dr. John, discos americanos filtrados por una sala sueca que quería su pop exacto. Anni-Frid Lyngstad ha dicho que cuando Benny le puso la pista, antes de la voz, lloró, y que supo que era la mejor canción que ABBA había hecho nunca. El sencillo espera a agosto de 1976. El álbum, Arrival, sigue en octubre. Antes del disco, en junio de 1976, la cantan en una gala para el rey Carlos XVI Gustavo, una primera salida pública en una sala de protocolo, nacimiento raro para una canción en la que nadie pregunta tu nombre en la pista. El rey tuvo la demo de un disco de disco. El resto del mundo tuvo la cosa terminada y no la devolvió.

En el escenario el glissando son las luces que se encienden. Son cuatro dentro de una armonía que suena más grande que cuatro, Agnetha y Frida encajadas, el piano de Benny comentando, la guitarra de Björn impidiendo que el boogaloo se vaya flotando. Los clips de mediados de los setenta muestran la coreografía como una sugerencia, un giro de muñeca, no una rutina. La canción no necesita una rutina. Ya es una sala. Las giras posteriores la guardaron cerca del final, donde va un set cuando quiere que le perdonen todo lo demás. Rara vez necesita el perdón. El piano ya abrió el telón.

I knew it was absolutely the best song ABBA had ever done.

(Anni-Frid Lyngstad, The Guardian, 2016)

El número uno que siguió, en una larga lista de países, convirtió una certeza de estudio en un hecho público y luego en una carga. La gente que no quiere a ABBA suele hacer una excepción aquí, manera indirecta de admitir que el disco está mejor construido que su objeción. Los diecisiete de la letra se han leído como autobiografía durante décadas. Es un papel, escrito para un oyente que quiere, durante tres minutos, ser la persona que la sala nota. Andersson ha nombrado otras canciones como sus favoritas. Las lágrimas de Frida son por esta. La distinción importa. El grupo no estaba de acuerdo en una obra maestra. Una de las cantantes oyó la pista y zanjó la discusión con la cara.

Lo que queda es el telón. Dancing Queen sigue sonando a una noche construida a medida y que aun así se quedó humana. El ritmo es prestado, la armonía es sueca, el sentimiento es de quien baila. Se oye el cuidado, el glissando puesto como una cerilla, la voz apilada hasta volverse una multitud de dos. Cuando empieza, incluso en una tienda, incluso en una película que la usa de atajo, aparece el suelo. Es un poder ridículo para un sencillo pop. No se ha gastado.

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