Un vals para quienes venían a olvidar
La armónica entra de lado, un poco aguda, cargada de aire de bar, y el piano responde en un vals lento, como si la sala hubiera pedido una canción más antes del cierre.
Billy Joel se escondía en Los Ángeles en 1972, tocando bajo el nombre de Bill Martin en el Executive Room, un piano-bar cerca de Wilshire y Western, tratando de zafarse de un mal contrato. No tocaba sus propias canciones. Tocaba estándares, éxitos del momento, lo que llenara cuarenta minutos y moviera las propinas. La mujer que cruzaba la sala era Elizabeth Weber, después su esposa, la camarera que practicaba política. Piano Man, grabado en 1973 en los Devonshire Sound Studios de North Hollywood con el productor Michael Stewart, convierte aquel empleo en un censo. John está en la barra porque John estaba en la barra. Davy estaba en la Navy. Paul intentaba escribir una novela entre llamadas inmobiliarias.
El arreglo se queda cerca de la habitación. La mano izquierda de Joel sostiene el vals, la armónica vuelve como un habitual que no se va, y el estribillo invita a la gente a cantar una canción que ya conoce, el truco más viejo de un piano-bar y el más cierto. Columbia lo publicó como su primer sencillo de verdad, largo para la radio, y llegó al número 25 en América, bastante para que dejara de ser anónimo. Dijo que esperaba que las personas de la letra disfrutaran ser celebradas, aunque el lugar no fuera el más feliz del mundo. Cuando volvió, el bar ya no estaba.
Todos los personajes de esa canción eran personas reales.
(Billy Joel, Universidad de Harvard, 1994)
La canción sobrevivió al edificio. Se volvió el último número de la noche, el que hace que un estadio se incline como si aún hubiera una docena de taburetes y un frasco de billetes. Joel se coloca el soporte de la armónica, las luces se entibian, y un estribillo nacido para pagar el alquiler se convierte en un himno cívico para quien se quedó demasiado tarde en algún sitio. El novelista, el marinero, el hombre de negocios que se va emborrachando ya no son locales. Son quien escucha.
Lo que queda es la cortesía de la escritura. No se burla de la sala. La cuenta. Una canción de historia, diría después, de las que duran porque hay gente dentro y no un eslogan. El Executive Room es hoy un bloque de oficinas o de pisos, según quién recuerde la esquina. Al vals le da igual. Sigue pidiendo, con suavidad, y con una armónica que huele a cerveza derramada, una petición más. Pídanla en un estadio y la sala, por grande que sea, recuerda cómo ser doce taburetes y un frasco de billetes.