Una melodía que rechazó una letra
Un fill de batería abre la puerta, claro y casi cómico, y luego llega una melodía ya vestida, apilada de colores vivos, como si una corte de dibujos animados hubiera contratado una banda de jazz.
Peaches en Regalia abre Hot Rats, el álbum en gran parte instrumental de Frank Zappa, publicado en octubre de 1969. Lo grabó aquel verano en los estudios T.T.G. de Hollywood y en los Whitney Studios de Glendale, y lo produjo él mismo. El ritmo de base es una banda pequeña. El esplendor es sobregrabación. Ian Underwood toca una pequeña orquesta de vientos y teclados, parte por parte. Shuggie Otis, todavía adolescente, toca el bajo. Zappa dijo después que esta sola pista se comió más de cien horas, porque nunca tocaban más de cuatro personas a la vez y el resto se construía en capas. La melodía es alegre de un modo que su reputación no siempre permite. Marcha, guiña, no explica el título. En directo, durante años, el mismo fill levantaba el telón o cerraba la noche.
Intentó ponerle palabras y fracasó, lo que le irritaba, porque esa clase de fracaso era rara. Una sílaba por corchea, decía, y no se puede cambiar la melodía. Ese es el juego, y lo perdió a propósito al dejar la pieza sola. En Fillmore East, June 1971 la melodía vuelve con voces sin letra. En 1981, como Peaches III, lleva sintetizadores. La grabación de 1969 es la que todavía suena a un dulce con armazón de acero. Nada en ella es casual. El chiste es lo ligera que parece.
Peaches en Regalia es la única para la que nunca he podido escribir de verdad una letra. Lo he intentado, pero no encuentro unas lyrics que funcionen con ella.
(Frank Zappa, International Times, 1977)
Guitarristas la han tratado como un examen, y las big bands como una partitura, y ambos tienen razón. La melodía es lo bastante firme para sobrevivir a una lectura fiel y lo bastante extraña para castigar una lectura floja. Zappa la mantuvo en el repertorio a lo largo de décadas en las que casi todo lo demás rotaba. El público que temía la sátira podía entrar por aquí. No hay un remate del que apartarse, solo una melodía que sonríe. Los overdubs de Underwood son los dientes de la sonrisa, precisos, un poco salvajes, nunca desordenados.
Lo que queda es una escritura pura que resulta no tener palabras. El título suena a postre y a coronación, y la música acepta las dos cosas. Zappa, que desconfiaba de lo bonito salvo que lo hubiera construido él, construyó esta hasta que pudiera sostenerse sin que él hablara. El fill de batería sigue siendo el camino más corto a su mundo para quien cree que ese mundo son solo chistes. Quédense por los saxos. Ellos son el argumento, y se lo están pasando muy bien.