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Virginia Plain – Roxy Music

Una acuarela desechable que aprendió a conducir

Un oboe y un sintetizador chocan en los primeros segundos, glamurosos y un poco desquiciados, y Bryan Ferry empieza a enumerar lugares como si una postal hubiera sido recortada y tirada al viento.

Virginia Plain se grabó en julio de 1972 en los Command Studios de Londres, con Peter Sinfield en la producción, y salió en agosto como el primer sencillo de Roxy Music. No estaba en la edición británica del álbum debut, ya publicado, que había sorprendido a Island por no tener un hit evidente. Ferry tenía una canción sin terminar. La cortaron rápido. Un roadie pasó en moto afuera para que captaran el motor. Brian Eno, todavía en la banda, trata el VCS3 como un personaje, no como una capa. El oboe de Andy Mackay es la otra voz, nasal, elegante, que se niega a sentarse en una sección. Phil Manzanera, Paul Thompson y Graham Simpson completan un grupo que suena a una escuela de arte a la que le enseñaron un backbeat. El sencillo llegó al número 4 en Gran Bretaña.

El título perteneció primero a una acuarela que Ferry hizo en 1964, estudiante en Newcastle con Richard Hamilton: un paquete de cigarrillos gigante, una pin-up, una llanura, un juego de palabras triple sobre el tabaco de Virginia. Vivía con alguien que había ayudado a Andy Warhol a hacer las serigrafías de Marilyn, y pensaba en la Factory desde una ciudad del norte. La letra guarda esa energía de cuaderno. Baby Jane, Acapulco, Río, la Ruta 66, un baile en el Union Hall. Ferry le dijo a Melody Maker, aquel año, que el cuadro era un desecho, y que la canción estaba hecha de líneas desechables. El desecho se volvió el modo en que el país conoció a la banda. El álbum había sido un rumor. El sencillo era un traje que se podía oír.

El cuadro era una especie de acuarela desechable, y la canción tiene muchas imágenes pequeñas y líneas desechables.

(Bryan Ferry, Melody Maker, 1972)

En la televisión parecían un manifiesto y sonaban a una fiesta que había leído el manifiesto. Ferry con estampado de tigre, Eno con plumas, Mackay con camisa de volantes, y una canción sin estribillo en el sentido ordinario, solo un título gritado como si lo fuera. Más tarde alisarían esta energía, en Avalon y en las baladas lentas. Virginia Plain es la puerta que se abre de un portazo. Dura menos de tres minutos y parece visitar cuatro países. El final no resuelve tanto como sale del marco, como un cuadro cuando se nota el borde.

Lo que queda es el placer de la superficie tomada en serio. Ferry, que podría haberse escondido tras la ironía, se compromete con el glamour. La moto, el oboe, el chillido del sinte, los nombres americanos dichos con voz de Washington: nada de eso es decorado añadido a una canción. Es la canción. Una pintura de estudiante de 1964, hecha para desecharse, nombró el disco que hizo público a Roxy Music. La llanura del título sigue ahí, plana y clara, y la banda sigue cruzándola a una velocidad que no debería sostenerse, y se sostiene.

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