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Wu-Tang Clan – Nueve espadas, una cámara

Staten Island escrito como mito

Staten Island, que rebautizarán Shaolin, 1993. Nueve hombres en una habitación demasiado pequeña para la mitología que ya están hablando, y RZA ha decidido que la mitología será un negocio. Robert Diggs tiene un plan que es mitad ajedrez, mitad protección contra la industria: un grupo, muchos solistas, cada uno libre de firmar donde está el dinero, todos alimentando un solo sonido. El sonido es polvoriento, en menor, sampleado de discos de soul y de películas de kung-fu que pasaban en la calle 42. El nombre es Wu-Tang Clan. El primer álbum, Enter the Wu-Tang (36 Chambers), sale en Loud/RCA el 9 de noviembre de 1993. No suena a debut. Suena a una puerta derribada desde dentro.

Los nueve no son intercambiables, y ese es el punto. RZA produce. GZA, el Genius, escribe como si cada compás fuera una hoja que se prueba. Ol’ Dirty Bastard, Russell Jones, canta y amenaza en el mismo aliento, una voz sin interés por el pulido. Method Man tiene el hook y el encanto. Raekwon narra el crimen como literatura. Ghostface Killah lo narra en color, comida y pánico. Inspectah Deck llega con versos que parecen preeditados por un dios más estricto. U-God sostiene el grave. Masta Killa, un poco más tarde en la foto, igual pertenece a la cámara. Graban en Firehouse Studio, Brooklyn, con un equipo barato que RZA trata como una filosofía. El barro no es un defecto. El barro es el ruido de sala de la verdad que quieren.

Protect Ya Neck es el single que no espera permiso. C.R.E.A.M., cash rules everything around me, toma un loop de encanto y lo vuelve proverbio. Method Man, Da Mystery of Chessboxin’, Can It Be All So Simple. Los sketches no son relleno. Son el clan hablándose, el humor que impide que la violencia se vuelva una pose. La radio está confundida, luego convertida. El álbum se vende, y sigue vendiéndose, porque la gente no ha terminado de aprender las voces. El trato de RZA, el que deja a los miembros firmar contratos en solitario donde sea, parece una locura a los sellos y acertado a la historia. Un grupo de este tamaño no puede alimentarse de un solo anticipo. Tiene que ser una red.

La red florece enseguida. Tical de Method Man en Def Jam en 1994. Return to the 36 Chambers de Ol’ Dirty Bastard en Elektra en 1995. Only Built 4 Cuban Linx… de Raekwon el mismo año, una novela negra con Ghostface de coautor. Liquid Swords de GZA, también 1995, el más frío. Ironman de Ghostface en 1996. Cada disco es Wu-Tang y no es Wu-Tang. El logo se multiplica. La jerga, las espadas, las referencias five-percent, el ajedrez, entran en la lengua de gente que nunca ha estado en Staten Island. Wu-Tang Forever, el doble de 1997, intenta sostener todo eso en un solo objeto. Es demasiado grande, lo cual es honesto. El clan es demasiado grande. Triumph abre con Inspectah Deck y no se disculpa por la duración.

El coste de nueve vidas en un solo mito aparece como pleitos, peleas de sellos y duelo. Ol’ Dirty Bastard muere el 13 de noviembre de 2004, treinta y cinco años, en un estudio de Nueva York, la voz que no se dejaba gestionar por fin no gestionada por un cuerpo. El grupo sigue porque el plan siempre fue más grande que un miembro, y porque parar entregaría el nombre al silencio. Los discos posteriores varían. Las giras varían. En 2015, Once Upon a Time in Shaolin de RZA, una copia única vendida en condiciones locas, se vuelve una parábola sobre la escasez que unos oyen como arte y otros como un golpe. Las dos lecturas le sientan a un grupo que entendió el mito como un material.

Lo que sigue siendo inconfundible es la primera cámara. La producción de RZA de esa época es uno de los pocos sonidos del hip-hop que se identifican en un compás: el piano un poco desafinado, la caja rajada, la espada desenvainada en el sample. Los MC son un plan de estudios. Se puede pasar un año en el detalle de Raekwon, otro en las imágenes de Ghostface, otro en la estructura de GZA, y no haber terminado con la entrada de Deck en Triumph. Esa densidad es el culto. No la oscuridad. La densidad.

Nueve espadas, una cámara. La cuenta no debería haber salido. Salió porque el productor era también el estratega, y porque las voces eran lo bastante distintas como para necesitarse. Staten Island se volvió un país con una jerga y una bandera. El país sigue expidiendo pasaportes cada vez que arranca el loop.

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